Ta
Ta`buena
la noche, lástima que al rato llega la mañana, y
enseguida el mediodía. Levantarme entre bostezos. Un
trago de leche casi cortada y la lengua blanda, como de
pelos y estopa.
Aunque
a veces, me gusta que el sol frágil de la madrugada, se
desparrame en la espalda. Y me vaya llenando de modorra el
cuerpo y los ojos se me achiquen, hasta parecer una
delgada línea horizontal.
Pensándolo
bien, también me agrada, la hora de la siesta. Aprovecho
todo ese silencio y trepo sigiloso la escalera, ganando la
terraza como territorio de conquista. Me recuesto cerca de
las fresias, primero admiro su color y forma, y todo el
perfume se incrustando en mis pulmones. Algunas veces,
llego incluso hasta desesperarme. Estoy seguro debe ser
por la magnífica fragancia, que se hace densa en mi nariz
y puedo ver en mi interior como todo se trasluce de azul
intenso. De otra forma no sería normal, que me ponga a
mordisquear los bulbos, como un enamorado, y que después
del desparramo, que le echen la culpa a los gorriones.
Extasiado,
me anunció en la cornisa, con ese vicio del vértigo, acá
en el estomago y dejo que el viento, me airee los bigotes.
Y todo el irrespetuoso mundo pasa por debajo de mis pies.
Cuando
el sol de la tarde, empieza ablandarse, y se pone pone
mustio contra el paredón de la fábrica, casi escapándose
avergonzado. Yo me arrimo despacio a la calle, y voy
abriendo senda por el cordón de la vereda. No sea cosa
que salga de alguna puerta a medio abrir, uno de esos
perros atolondrados, que sirven solo para ladrar, y uno,
solo por la sorpresa, pierda la compostura. Con lo que
cuesta hoy en día mantener la imagen.
También adoro caminar
por le medio exacto de la calle y escuchar sin detenerme,
como ellas, comentan cosas cuando me ven. Entonces, mi
vanidad, trepa hasta ver entusiasmado mi cuerpo como
atigrado. Pero todo, irremediablemente se disuelve cundo
me acerco a ella. Con la noche pegada encima, brilla enigmático
su color azul, casi morado, como un beso mojado de luna
nueva.
Todos
los sentidos, se van poniendo de a uno en fila para
desaparecer en la vastedad de sus ojos.
Deliro
cuando le canto sobre su oído. Admitiendo todo su sabor
que se adueña de lo que va quedando de mí. Ella me
invita a pasar y casi siempre a cielo abierto, enredamos
los cuerpos, en un concierto de margaritas silvestres,
entre una marea de tendones y dedos libres. Hasta que al
final, puedo ponerle nombre a las estrellas reflejadas en
sus ojos. Y yo metido en esa pintura, me voy yendo entre
caricias blandas, y ese dolor del fin del goce, hasta que
el sol, le pone una fina tela blanca al cielo. Y nos
embadurnamos con esa baba de luz, entornamos los ojos y en
silencio nos dejamos ir.
Vuelvo,
esquivando algún auto, y a veces un malandrín, que solo
molesta de verlo, después el tacho vacío y la misma
leche del día anterior.
Al final, lo único malo de ser gato, es la comida
balanceada y ese gusto a leche cortada, que se pega como
un hongo al paladar.
©
Alejandro Crimi.