La Salida.

El tren de la mañana, la mirada fija en un punto desde la ventanilla, disgrega colores amarronados, de paisajes miserables. Miles de pensamientos se estancan en la mente, cientos de proyectos se diluyen en la cotidiana lucha por sobrevivirte Buenos Aires.

Lucas sentado en el furgón del tren, con una decena de bicicletas apiladas y otros tantos conductores de bolsillos vírgenes.

El viejo "Urquiza" repta por las vías en un concierto de metales crujientes. La estación donde solía subir su padre, Lucas levanta la vista, como esperando encontrarlo, el viejo tren se detiene
y abre sus puertas generosas, tres ciclistas del hambre se abren paso, Lucas todavía espera, en vano, con ansias hasta el último segundo, la puerta se cierra, y los ojos se inundan.
El cielo se nubla y se manifiesta en esa llovizna austera de Buenos Aires, la calle suda esa mezcla de humo y asfalto, que se agrieta más tarde en los pulmones.

Pedalea Lucas, monótono hacia el trabajo, con el aliento familiar de su padre contándole historias guardándose una frase de Borges para sí "la historia universal, es la historia de pequeñas metáforas".

El olor acre de la fundición, lo trajo de vuelta a la realidad, las manos sudadas bajo los sucios guantes, le recordaban los paseos de la mano de su padre.

Lucas observó la fragua por un rato, que blandía lenguas de rojo fuego, talvez el recuerdo vivo de relatos de la divina comedia, que sintió estar en el infierno, mientras el capataz, gritaba voces ajenas, aumentando la miserabilidad del trabajador.

Lucas sintió en su pecho, el calor de la opresión, su corazón bombeaba inmune al calor, dejó como pudo su mente de lado, se sacó otra vez los guantes, y pasó sus manos húmedas sobre su cara ardiente, miró hacia arriba, sintió el pesado humo negro, cerca otros obreros alimentan otras tantas fraguas de llamas rojas, reflejando sus rostros de desidia.

Salió a la calle abriéndose paso entre vapores de agua burbujeante, mientras el cielo se cerraba bajo un concierto de tamboriles. Ya la lluvia templaba su cuerpo en un baño torrentoso, permaneció Lucas un rato bajo la lluvia, buscando tal vez alguna respuesta.
Finalmente montó en su bicicleta, bajo el agua, desnudaba su cuerpo austero para cuando llegó a chacarita. Otra vez arriba del mugroso furgón de regreso a su casa, el paisaje amarronado, dominándolo todo, lo acunó hasta el final.

Al llegar, besó a su mujer en la frente, como aliviándola de ser la culpable de su miseria, y sin hablarle fue hasta su cuarto, tomó los viejos escritos de su padre, mientras su mujer pedía explicaciones, siguiéndole detrás. Lucas no emitía sonido alguno, cuando finalmente su mujer se hartó comentando en voz alta "otro día no apto para el consumo humano", dio un portazo y se fue, Lucas respiró aliviado, tomó las cartas, las ojeó sin mucho interés hasta que llegó a un extraño mapa, que a simple vista parecía ser de la ciudad de buenos aires, lo extendió en el piso y lo observó detenidamente, finalmente después de darlo vuelta en todos sus lados, lo guardó entre los otros escritos. De debajo de la cama sacó el viejo estuche, lo abrió encontró el saxo como la había recibido de su padre, lo armó en silencio, sobó la boquilla, como en u viejo rito, las primeras estrofas de "bluebird"brotaron del instrumento, lastimando el alma en cada compás, tal vez el mismo "Charlie Parker" hubiera echo sonar el mismo tema. Un ataque de tos lo interrumpió intempestivamente, todo su cuerpo se estremecía en una alocada danza.

Le tomó unos minutos recomponerse, guardó el saxo y los escritos en el estuche, tomó un abrigó y salió.

Afuera la lluvia caía dormida entre charcos y barro, la vieja estación de tren, solitaria, languidecía de hastío, etéreas manchas de humedad dibujaban extrañas figuras en las paredes.

El tren se acercaba lento como un anciano, abrió sus puertas y lo devoró, único botín, se sentó solo en un sucio asiento, cerró los ojos y el sueño se lo llevó.

La lluvia oscurecía la tarde para cuando llegó a chacarita, bajó al subte que inquieto bramaba desde el terraplén largando hilos de vapor azulado. Las estaciones se sucedían delante de Lucas absorto por sus pensamientos, llegó al final del recorrido sin darse cuenta, palmó sus bolsillos vacíos como esperando un milagro, su estomago cantaba viejas angustias.

La gente seguía su camino llevándose todo por delante, Lucas abrió el estuche, armó el saxo, la boquilla le devolvió viejos sabores de otro presente, los ojos se cerraron cuando "kc blues" empezó a transformar el aire, las viejas melodías de "Charlie Parker" se adueñaron de los túneles de la estación, que vacía esperaba ansiosa la llegada de otro subte, llorando épocas pasadas. La gente se detiene delante de Lucas, que vuela en cada nota. La tarde se fue y la lluvia acompañó a la noche, comió algo con las monedas recogidas y volvió a la estación para pasar la noche, entre cirujas y chicos de la calle.

La mañana siguiente trajo un sabor amargo a su boca, miró el reloj de estación clavado en las seis vaya saber de que día. Pensó en su mujer, que dormida acomodaba carnes en otro nuevo rincón de su cuerpo. Salió a la calle, el viento de la madrugada obligaba a no quedarse quieto, su mente alerta evadía con cierto trabajo los pedidos de su estomago que gritaba perdido dentro de su cuerpo.

Caminando por "Alem" llegó hasta la plaza del correo, donde el sol comenzaba sus primeros rayos adornando los pastos húmedos, mientras la miseria de bardea en cada esquina, una horda de pibes y algunos viejos, acometen contra bolsas de basura, rapiñándose bocados del terror, Lucas pasa por un costado, sin interrumpir el festín. Despliega el mapa tratando de encontrar alguna referencia, detenidamente lo repasa, encuentra el correo, se sienta de frente y traza una línea imaginaria hasta el punto más cercano. El bajo se hace más aún ante la ostentación de Puerto Madero, la mañana deambula cabizbaja mientras la calle tritura la imaginación vistiéndola de un monótono gris, ennegrecido por el smog.

Cientos de rostros se confunden en uno desconocido, apurados por entrar en sus trabajos.

Custodiando la Plaza de Mayo, una extraña bestia de tres cabezas dominando el horizonte, más se acerca Lucas reconociendo los rostros, y el horror de la plaza, cientos de Madres de pañuelos blancos en sus cabezas, recibe el bestial flagelo de sus hijos muertos, mientras el monstruo, sonríe chorreando baba y sangre, con una expresión de sarcasmo, indiferente al dolor ajeno. Los llantos desgarran la conciencia, salvo la de la bestia, cuyas cabezas lucen enhiestas los rostros de la junta militar. Como en un mal sueño Lucas se frota los ojos llenos de lagrimas, mientras la gente pasa a su lado, sin inmutarse, llevando en sus espaldas la frase "por algo debe haber sido". Recorriendo la plaza, con el dolor en su cuerpo, recibe un pañuelo blanco de una madre que desanudándolo de su cabeza le dice: "Basta que alguien derrame una lagrima, para que nuestro dolor se expanda, y en él, el recuerdo de nuestros hijos se hace presente, para espantar el ave del olvido y del perdón. Lucas dibuja una sonrisa emocionada en su rostro y recibe la fuerza de la constancia en el pañuelo.

Los fantasmas de los expresidentes desfilan por la calle Balcarce, únicos oradores de discursos vacíos, años de historia hipócrita deambulan coronándose en la plaza. Lucas apura el paso hasta "Paseo Colón" intentando huir de ese desfile bastardo, plagado de mentiras del cual nadie es inmune.

La enorme y solitaria avenida se entrega al caminante, sus marquesinas tiemblan ante el lapidario paso del tiempo. Lucas camina junto al silencio, trayendo aveces algún recuerdo, más adelante el "parque Lezama", la memoria trae fresco el recuerdo de las bajadas en el carro hecho por su padre.

Lucas se detiene, el sol del otoño calienta su cuerpo, su estomago reclama antiguas costumbres, con el mapa abierto, se ubica desde arriba, la quietud lo seduce, arma el saxo, el cual comienza a recorrer el aire cadenciosamente, más allá Helena y París se raptan mutuamente, bajo al mirada cómplice de Homero. La gente pasa indiferente, exhausta de problemas, algunas monedas brillan decadentes con el reflejo del sol, la mente se entrega al fin y el estomago disfruta.

El mapa abierto en toda su extensión, Lucas traza una línea imaginaria hasta su próximo destino. El sol se cubre ya al fenecer la tarde, y la calle se viste de ese monótono gris, impermeable a toda imaginación, fantasmal, casi muerta.

Una decena de rostros iguales deambulan vencidos por la cotideanidad de Buenos Aires que agobia cualquier sentido, hasta los amantes históricos partieron dejando a Homero solo amalgamado al viejo árbol.

Pedro de Mendoza reza el cartel de la calle, desde allí Lucas observa el viejo puente, dormido de óxido, que otea desde su altura la gris urbe que crece y hacia atrás el triste conurbano que languidece miserias sureñas. Cerca el agua negra, casi sólida del Riachuelo retiene a la nave Argos, Jasón en la cubierta llora angustias, implorando a Medea que nunca encontrará.
El agua pegajosa, forma remolinos entorno a la preciosa nave, hilos de baba del diablo la amarran, pagana a la negrura reinante.

Lucas remonta la ribera hasta el pie del puente, resembrado de ocres reflejos de ocaso y herrumbre. La tarde se mimetiza, entregándose a la oscura noche, de frente el bodegón invita placeres exóticos con sus carteles de neón, algunos cirujas se pelean por los desechos.
Lucas arregla tocar el saxo a cambio de comida y tal vez descanso bajo techo.

Dormitando entre las sucias mesas, descubre la bruma de la madrugada. Afuera la calle se viste de sombras blancas y los hedores suben a la superficie desde el riachuelo en nubes de vapor acre.
Lucas de pie frente al viejo puente, estudia el mapa con cuidado, mientras un extraño chirrido de metal y carne lo asombra. Levanta la vista y la figura que parece interminable, desemboca en una enorme cabeza adornada con solo un ojo. El extraño gigante se agacha en una sinfonía de ruidos estertores, observando a Lucas con detenimiento. -¿Ulises? Pregunta con voz chillona, contrastando con su enorme cuerpo.

Lucas mira a su alrededor como tratando de encontrar alguna explicación, retrocede algunos pasos, mientras la enorme mole lo acecha aguzando su único ojo, expeliendo con cada respiración una bocanada de aliento fétido roído por la herrumbre y las negras aguas.

¡Esta vez no conseguirás engañarme Ulises!- vocifera el monstruo casi con un alarido.

No soy " Ulises"- responde con voz firme Lucas, y además no me gustaría serlo -concluye.

Ulises es el maestro del engaño ¿cómo saber que no lo sos? - Pregunta el gigante.

¡Soy Lucas!

¿Lucas? Vuelve a preguntar el gigante ¿de donde?.

Sí Lucas -¡ Lucas de por ahí!.

Otra vez ese chirrido al acercarse, recorriendo cada parte del cuerpo de Lucas con su único ojo.

No estoy seguro de que no lo seas, tal vez tenga que golpearte primero y no dejarme engañar otra vez, afirma el gigante mientras estira su brazo como para aplastarlo. Deteniéndose justo a tiempo cuando observa el estuche del saxo.

¿ Que tienes ahí? Pregunta asombrado, dejando a descubierto su ridícula voz.

Lucas arma el saxo con paciencia, levanta la vista, ya el sol va castigando a la bruma, obligándola a partir. Los sonidos comienzan a deslizarse atraves del aire cadencioso de la futura mañana, el bruto gigante se deja caer paralizado por la armonía de la música. Sopla y resopla Lucas, mientras el sol se proyecta en su cara, el gigante dormido a su lado, resuella con vibrantes sonidos, el viejo puente acompaña la melodía con un crujir intenso de herrumbre. Lucas vencido por el sueño dormita cerca de la enorme mole, al despertar casi al mismo tiempo, el gigante, esforzándose para levantarse, ya de pie vuelve a preguntar ¿quién eres?

Lucas, solo ¡Lucas de por ahí!.

Polifemo, ese es mi nombre, alcanzó a decir el gigante, antes que su cuerpo comenzara a mimetizarse con el oxido del puente. Espero a "Ulises" balbuceó, ya casi con un hilo de voz.

No espero a nadie comenzó Lucas, busco la salida de este infierno.

¿ Infierno? ¿ Que es infierno?. De que hablas, pregunta con esfuerzo el gigante mientras su cuerpo se debate en convulsiones adosándose al puente.

Infierno, - comienza Lucas - es no poder escapar a esta miseria que agobia, no tener escrúpulos para vivir, infierno es crimen sin castigo, perdón y olvido. Gobernar para pocos, esclavizarte, formándote solo para sobrevivir, sin lugar para uno mismo, infierno.....

Y que te hace creer que de este otro lado no es infierno,- interrumpe el gigante esforzándose cada vez más - los que cruzan día a día este puente, regresan más miserables cada día, ¿es que acaso no podes verlos? Pregunta el gigante.

Lucas desvía la vista hacia un costado, los primeros autos que cruzan, muestran conductores perdidos, lúgubres, vencidos por las malas noticias que vomita la radio, plagados de problemas, sin espacio para sonreír.

Ambos cruzan miradas cómplices, en un punto de la mañana, ¡ ya ves Lucas de por ahí!- Esta no es tu salida, alcanza a decir el gigante, ya uno con el viejo puente. Lucas desarma el saxo en soledad, abre el mapa y sigue la línea por la ribera hasta el puente de Pompeya.
Lucas comienza a desandar la ribera, acompañado por el olor y la negrura del agua. Un chirrido descomunal, lo obliga a darse vuelta, ya sin vestigios del gigante, fusionado con el puente, detrás de una gran nube, dejando en el aire el pesado hedor de piel quemada.

El riachuelo va adosando a su negrura un color verde tábano, de miles texturas y olores nauseabundos, la corriente, repta pegajosa adormeciendo hasta la muerte viejas embarcaciones, plagadas de imágenes fantasmales paseándose por las roídas cubiertas.

La tarde inexorable cobra sus víctimas, el sol desaparece tras el vértigo miserable de la ciudad. La noche se instala sin ningún reflejo contra el negro riachuelo. Lucas se detiene en una esquina cualquiera, unos cirujas sueñan viejas bonanzas frente a una pálida fogata.

Cansado, Lucas decide acompañarlos, el viejo ciruja le da la bienvenida - la muerte para en la otra esquina- dice el viejo, mientras lo convida con vino barato.

Lucas ensaya alguna respuesta, balbucea algo, se levanta y camina hacia la otra esquina, mientras la figura de la muerte, fuma un cigarrillo, acorralada por la miseria. Encorvada y sucia añora la lejanía de dignidades pasadas.

La vieja muerte muestra su sonrisa desdentada detrás de una cortina de humo de tabaco negro. Una docena de cucarachas se agolpan sobre su pie desnudo, la mano huesuda y sucia intenta espantarlas dejando caer la blanca ceniza, después de ardua labor y resignada sin éxito, se entrega a una larga pitada. Se cruzan miradas en el instante siguiente, de las profundas órbitas de la muerte, rueda como perla una sola lagrima negra, que contrasta con su pálido rostro.

- Busco la salida de este infierno- dice Lucas acomodándose cerca, sin dejar de mirarla fijamente.
Una sonora carcajada, acompañada por un pedo maloliente, sumado luego a un largo silencio, es toda la respuesta.

-¿ y quien dice que lo sé?- responde la muerte después de algunos minutos.

- ¿ Acaso no me ves?-¡ vegetando en esta esquina miserable, sin dignidad alguna!.
Fue silencio por un rato, tomó aire que se filtró por algunos agujeros de su pecho y continuó -antes la gente se resistía a morir, y mi trabajo era convencerlos con engaños y promesas de paraísos. Pero ya me ves, soy yo la engañada, ya nadie se resiste a morir en esta ciudad, casi como que están esperándome, entregándose sin luchar, devorándome yo sus problemas y miserias y mi salud se deteriora, y ya sin fuerzas me resigno a esperar mi propia muerte.

Cuando consigas salir de este infierno, puedas hablar con Dios, suplícale su misericordia para mí, ya que llevo toda una eternidad siendo muerte y ya no le resisto.

Lucas cerró los ojos un rato, la muerte languidecía tiritando frente a la austera fogata. Desde el saxo Lucas hacía vibrar 'Bird in Paradise" mientras la muerte murió de muerte natural ya entrada la madrugada, casi en sus brazos, desapareciendo en la radiante mañana.

Lucas ubica el puente de Pompeya y emprende la caminata. La mañana gris ahora, se refleja en el riachuelo empavonado de grises y óxidos.

Mediodía, el sol se descubre haragán en lo alto, enturbiado por algunas nubes, descubriendo viejas imágenes olvidadas, Lucas le da tregua a su estomago devorando algunas galletas rancias.
La tarde melancólica tiñe de naranja la ciudad, para cuando Lucas llega a Pompeya, desde el riachuelo dormido de corrientes, emergen decrépitas un par de náyades, anunciando desdentadas al osado mortal, la presencia de la divina Circe. Un remolino negro llevando consigo algunos envases viejos, se forma algunos metros más adelante. De su otrora melena de furiosos reptiles ya nada queda, apenas unas mansas culebras encanecidas, emergen antes que su rostro, avejentado y triste, con alguna historia en cada pliegue. El agua negra se escurre entre sus arrugas por unos segundos, al abrir sus agrietados párpados, dejan a luz a sus enormes ojos de un azul profundo, contrastando con todo su cuerpo, dando brillo al lúgubre río.

- ¡Alto!- grita Circe dejando escapar un eructo. - ¡Alto! - Repite, emergiendo su torso, hasta dejar ver sus mustios pechos, corroídos pro la extrema vejez.

Lucas se detiene casi por compasión, las viejas náyades le acercan prestas, un bote de rancias maderas, la extraña belleza de los ojos de Circe, obnubila a Lucas imposibilitado de no hacer otra cosa mas que mirar sus ojos. Lucas sube al bote que resiste con una sinfonía de maderas crujientes, las viejas náyades lo llevan con esfuerzo hasta Circe, cuan preciosa carga.

Los ojos de hielo de Circe penetran en los suyos devorando toda razón, a unos metros de distancia el rostro de Circe va mutando, tomando ahora una forma conocida a Lucas, el rostro familiar de quien marcó su vida, llenó tal vez los huecos de su corazón. Entregado al rostro, imposible de sacar la vista de esos ojos cristalinos, se encamina enceguecido a su fin.
Circe lo toma en sus brazos, siente el vigor maduro de sus músculos debajo de la ropa, descubre el cuello y lo soba preparando el final.

La muerte se compadece del hombre que la arrulló en sus brazos, inútil detrás de una vieja popa desnuda ennegrecida por la corriente. Los ojos de fuego lo dominan, entregado en sus brazos, la muerte intuyendo el final, levanta un astillado mástil y golpea con fuerza la cabeza de la vieja Circe que rueda por las duras aguas negras, hundiéndose unos metros más adelante, en un remolino de burbujeante negritud. Despertando del sopor Lucas se refriega los ojos, inquieto por encontrarse en medio del riachuelo, rema desesperado con ambos brazos hasta ganar la orilla, mientras las náyades desesperadas sostienen el cuerpo decapitado, del cual emergen líquidos amarillentos.
En la orilla Lucas observa como después de un sordo estruendo, emerge la cabeza de Circe maldiciendo por su cuerpo perdido. Las náyades embisten a la muerte, mientras Circe acomoda su cabeza, entre envases de plástico. La lucha desigual aún continúa, la vieja muerte intenta defenderse en vano, a jirones su cuerpo se diluye en las aguas cenagosas.

Desde la orilla Lucas comienza las primeras notas de "Bird in Paradise" los viejos cimientos del puente "Alsina" vibraron, la lucha se detuvo. Soplaba Lucas y los metales del viejo puente también, como si "Charlie Parker " soplara en dúo con él. Las náyades se sumergieron lentamente soltando a la muerte, Circe supuraba por su cuello mientras lloraba sumergiéndose, formando una horrible mezcla de colores entre pus y aguas negras. La muerte flotando entre la basura del riachuelo, resuella en una agonía eterna.

Después de unos minutos la escena se torna difusa entre la bruma de la tarde, concubina ahora de la noche sin luna.

Despliega Lucas el mapa, resaltando el próximo paso, sabiendo que hoy la noche es Pompeya.

Densas nubes brumosas descansan sobre el riachuelo, sus aguas otrora vivas, yacen inermes, apestadas de residuos.

Cruzando el puente Lucas se encuentra sobre la misma miseria, pasa la lo queda de la noche a un costado del puente, pintado de rocío, brillando tenue con las luces del puente.

La mañana lo encuentra acurrucado tras una caja de cartón, el sol inyecta algo de vida al amanecer. El hambre dificulta el camino, lava platos en un oscuro bodegón y junta las sobras para comer en camino al puente "La Noria". El sol mientras parece dormir eternamente, cuando esa llovizna se admira como tormenta sobre el río muerto.

Las villas se adosan a la ribera, como oscuro paisaje adornado con cientos de llantos, de otros tantos chicos hambrientos. A lo lejos se divisa ya el puente, que como una muralla separa ilusiones que entran muy temprano casi de madrugada y vuelven a pasar vencidos por la noche, atemperados por algunos vasos de vino barato.

Las luces se disipan en la fina capa de lluvia, cuando un par de trompetas suenan alborotadas desde el medio del riachuelo, dos obesas sirenas interpretan una extraña oda, que al terminar comienza a emerger un viejo 3cv, en cuyo interior, un calvo personaje sentado sobre un trono de neumáticos viejos, coronado con una lata oxidada, llevando por estandarte una escoba semi destruida. Las trompetas resuenan ahora más firmes ya fuera del agua, anunciando a Saturno, al terminar las sirenas se sumergen mostrando sus obesos traseros. En su trono el rey aguarda, el rostro envilecido por el certero paso del tiempo.

- Tu padre ya estuvo por aquí - dijo Saturno, con gesto grave, acomodándose en su trono miserable, sacándose unas bolsas pegadas a sus hombros.

- ¿Cómo sabe que era mi padre? Pregunta Lucas.

- Tu rostro me es familiar, y además pretendes destruirme con un saxo, como él. A mi que de mi fragua nacieron armas inmortales, tendrás que esforzarte, concluyó.

- No me importa terminar como mi padre- dice Lucas- pero yo todavía tengo espacio para escribir mi muerte, pero vos.... solo tenés que observar tu alrededor ¿es que tu trono miserable te obnubila? ¿ de tu fragua salieron armas inmortales? - Continúa Lucas- honestamente, es poco creíble que siendo tan importante, reines en este río muerto, denso y oscuro, por sobre el cual pasan día a día miles de personas, que te sienten cada vez más miserable, a ahogado de basura y excremento.

El rostro endurecido del viejo Saturnio se transformó, comprendió de pronto que toda su grandeza y majestuosidad ya no existía.

Pesadas cayeron algunas lágrimas del saturnio que fueron a rebotar en la dura superficie del riachuelo. Recomponiéndose dijo - tuviste el valor de mostrarme una realidad que yo no quería ver, otra verdad que no era la mía, solo por eso alteraste tu destino. Miró al cielo sin lluvia, que mostraba una pequeña luna en cuarto menguante, esfumada de naranja, respiró hondo y continuó- mi destino al contrario del tuyo es único, ya ves de mi reino en el olimpo, no queda nada más que algún vago recuerdo, ahora padezco tal vez mi propio infierno en esta cruel miseria. Miles discurren el puente, surcando las fronteras de la miseria, huyendo por la mañana, regresando derrotados por la noche. No - se tomó algo de tiempo y continuó- esta no es la salida de tu infierno, solo es la entrada a otro, tal vez mucho peor que el tuyo, continuó el saturnio, mientras el 3cv comienza a sumergirse entre medio de una corriente de mugre, antes de desaparecer alcanzó a decir -infierno es la desidia de los gobiernos, la miseria cotidiana de buscar como sobrevivir olvidando vivir, infierno son los chicos en la calle durmiendo donde pueden, comiendo lo que encuentran, acumulando odio hacia una sociedad que los margina, infierno son los desaparecidos, olvido y perdón, infierno es políticos ricos a costa de pueblos pobres y oprimidos sin voluntad, quedarse y resignarse, meter la cabeza bajo la tierra, infierno es irse para no volver físicamente y no irse Jamás con la mente -.

Finalmente con el agua hasta el cuello se detuvo un momento y dijo - el infierno es uno mismo, va a donde vos vas, tal vez un poco menos miserable, pero infernal al fin - al hundirse por completo se formó un remolino multicolor del agua mezclada con petróleo.

La armoniosa voz despertó a Lucas mientras sacude la modorra de la espera, al fin el anuncio de su vuelo lo reconforta, repasa sus cosas, firme el bolso en su mano, recuerda el vívido sueño. Atrás una veintena de desocupados de "Aerolíneas" hacen explotar sus bombos con canciones de protesta.

Lucas se levanta refregándose una lagaña perezosa que se resiste. Entre medio de un piquete, se dibuja como uno más, alejándose ya en el embarque mira hacia atrás con un dejo de melancolía, a pesar de todo dentro suyo siente que la salida del infierno esta próxima, entonces solo entonces una sola lágrima rueda infeliz.

© Alejandro Crimi.