La
Salida.
El
tren de la mañana, la mirada fija en un punto desde la
ventanilla, disgrega colores amarronados, de paisajes
miserables. Miles de pensamientos se estancan en la mente,
cientos de proyectos se diluyen en la cotidiana lucha por
sobrevivirte Buenos Aires.
Lucas
sentado en el furgón del tren, con una decena de
bicicletas apiladas y otros tantos conductores de
bolsillos vírgenes.
El
viejo "Urquiza" repta por las vías en un
concierto de metales crujientes. La estación donde solía
subir su padre, Lucas levanta la vista, como esperando
encontrarlo, el viejo tren se detiene
y abre sus puertas generosas, tres ciclistas del hambre se
abren paso, Lucas todavía espera, en vano, con ansias
hasta el último segundo, la puerta se cierra, y los ojos
se inundan.
El cielo se nubla y se manifiesta en esa llovizna austera
de Buenos Aires, la calle suda esa mezcla de humo y
asfalto, que se agrieta más tarde en los pulmones.
Pedalea
Lucas, monótono hacia el trabajo, con el aliento familiar
de su padre contándole historias guardándose una frase
de Borges para sí "la historia universal, es la
historia de pequeñas metáforas".
El
olor acre de la fundición, lo trajo de vuelta a la
realidad, las manos sudadas bajo los sucios guantes, le
recordaban los paseos de la mano de su padre.
Lucas
observó la fragua por un rato, que blandía lenguas de
rojo fuego, talvez el recuerdo vivo de relatos de la
divina comedia, que sintió estar en el infierno, mientras
el capataz, gritaba voces ajenas, aumentando la
miserabilidad del trabajador.
Lucas
sintió en su pecho, el calor de la opresión, su corazón
bombeaba inmune al calor, dejó como pudo su mente de
lado, se sacó otra vez los guantes, y pasó sus manos húmedas
sobre su cara ardiente, miró hacia arriba, sintió el
pesado humo negro, cerca otros obreros alimentan otras
tantas fraguas de llamas rojas, reflejando sus rostros de
desidia.
Salió
a la calle abriéndose paso entre vapores de agua
burbujeante, mientras el cielo se cerraba bajo un
concierto de tamboriles. Ya la lluvia templaba su cuerpo
en un baño torrentoso, permaneció Lucas un rato bajo la
lluvia, buscando tal vez alguna respuesta.
Finalmente montó en su bicicleta, bajo el agua, desnudaba
su cuerpo austero para cuando llegó a chacarita. Otra vez
arriba del mugroso furgón de regreso a su casa, el
paisaje amarronado, dominándolo todo, lo acunó hasta el
final.
Al
llegar, besó a su mujer en la frente, como aliviándola
de ser la culpable de su miseria, y sin hablarle fue hasta
su cuarto, tomó los viejos escritos de su padre, mientras
su mujer pedía explicaciones, siguiéndole detrás. Lucas
no emitía sonido alguno, cuando finalmente su mujer se
hartó comentando en voz alta "otro día no apto para
el consumo humano", dio un portazo y se fue, Lucas
respiró aliviado, tomó las cartas, las ojeó sin mucho
interés hasta que llegó a un extraño mapa, que a simple
vista parecía ser de la ciudad de buenos aires, lo
extendió en el piso y lo observó detenidamente,
finalmente después de darlo vuelta en todos sus lados, lo
guardó entre los otros escritos. De debajo de la cama sacó
el viejo estuche, lo abrió encontró el saxo como la había
recibido de su padre, lo armó en silencio, sobó la
boquilla, como en u viejo rito, las primeras estrofas de
"bluebird"brotaron del instrumento, lastimando
el alma en cada compás, tal vez el mismo "Charlie
Parker" hubiera echo sonar el mismo tema. Un ataque
de tos lo interrumpió intempestivamente, todo su cuerpo
se estremecía en una alocada danza.
Le
tomó unos minutos recomponerse, guardó el saxo y los
escritos en el estuche, tomó un abrigó y salió.
Afuera
la lluvia caía dormida entre charcos y barro, la vieja
estación de tren, solitaria, languidecía de hastío, etéreas
manchas de humedad dibujaban extrañas figuras en las
paredes.
El
tren se acercaba lento como un anciano, abrió sus puertas
y lo devoró, único botín, se sentó solo en un sucio
asiento, cerró los ojos y el sueño se lo llevó.
La
lluvia oscurecía la tarde para cuando llegó a chacarita,
bajó al subte que inquieto bramaba desde el terraplén
largando hilos de vapor azulado. Las estaciones se sucedían
delante de Lucas absorto por sus pensamientos, llegó al
final del recorrido sin darse cuenta, palmó sus bolsillos
vacíos como esperando un milagro, su estomago cantaba
viejas angustias.
La
gente seguía su camino llevándose todo por delante,
Lucas abrió el estuche, armó el saxo, la boquilla le
devolvió viejos sabores de otro presente, los ojos se
cerraron cuando "kc blues" empezó a transformar
el aire, las viejas melodías de "Charlie
Parker" se adueñaron de los túneles de la estación,
que vacía esperaba ansiosa la llegada de otro subte,
llorando épocas pasadas. La gente se detiene delante de
Lucas, que vuela en cada nota. La tarde se fue y la lluvia
acompañó a la noche, comió algo con las monedas
recogidas y volvió a la estación para pasar la noche,
entre cirujas y chicos de la calle.
La
mañana siguiente trajo un sabor amargo a su boca, miró
el reloj de estación clavado en las seis vaya saber de
que día. Pensó en su mujer, que dormida acomodaba carnes
en otro nuevo rincón de su cuerpo. Salió a la calle, el
viento de la madrugada obligaba a no quedarse quieto, su
mente alerta evadía con cierto trabajo los pedidos de su
estomago que gritaba perdido dentro de su cuerpo.
Caminando
por "Alem" llegó hasta la plaza del correo,
donde el sol comenzaba sus primeros rayos adornando los
pastos húmedos, mientras la miseria de bardea en cada
esquina, una horda de pibes y algunos viejos, acometen
contra bolsas de basura, rapiñándose bocados del terror,
Lucas pasa por un costado, sin interrumpir el festín.
Despliega el mapa tratando de encontrar alguna referencia,
detenidamente lo repasa, encuentra el correo, se sienta de
frente y traza una línea imaginaria hasta el punto más
cercano. El bajo se hace más aún ante la ostentación de
Puerto Madero, la mañana deambula cabizbaja mientras la
calle tritura la imaginación vistiéndola de un monótono
gris, ennegrecido por el smog.
Cientos
de rostros se confunden en uno desconocido, apurados por
entrar en sus trabajos.
Custodiando
la Plaza de Mayo, una extraña bestia de tres cabezas
dominando el horizonte, más se acerca Lucas reconociendo
los rostros, y el horror de la plaza, cientos de Madres de
pañuelos blancos en sus cabezas, recibe el bestial
flagelo de sus hijos muertos, mientras el monstruo, sonríe
chorreando baba y sangre, con una expresión de sarcasmo,
indiferente al dolor ajeno. Los llantos desgarran la
conciencia, salvo la de la bestia, cuyas cabezas lucen
enhiestas los rostros de la junta militar. Como en un mal
sueño Lucas se frota los ojos llenos de lagrimas,
mientras la gente pasa a su lado, sin inmutarse, llevando
en sus espaldas la frase "por algo debe haber
sido". Recorriendo la plaza, con el dolor en su
cuerpo, recibe un pañuelo blanco de una madre que desanudándolo
de su cabeza le dice: "Basta que alguien derrame una
lagrima, para que nuestro dolor se expanda, y en él, el
recuerdo de nuestros hijos se hace presente, para espantar
el ave del olvido y del perdón. Lucas dibuja una sonrisa
emocionada en su rostro y recibe la fuerza de la
constancia en el pañuelo.
Los
fantasmas de los expresidentes desfilan por la calle
Balcarce, únicos oradores de discursos vacíos, años de
historia hipócrita deambulan coronándose en la plaza.
Lucas apura el paso hasta "Paseo Colón"
intentando huir de ese desfile bastardo, plagado de
mentiras del cual nadie es inmune.
La
enorme y solitaria avenida se entrega al caminante, sus
marquesinas tiemblan ante el lapidario paso del tiempo.
Lucas camina junto al silencio, trayendo aveces algún
recuerdo, más adelante el "parque Lezama", la
memoria trae fresco el recuerdo de las bajadas en el carro
hecho por su padre.
Lucas
se detiene, el sol del otoño calienta su cuerpo, su
estomago reclama antiguas costumbres, con el mapa abierto,
se ubica desde arriba, la quietud lo seduce, arma el saxo,
el cual comienza a recorrer el aire cadenciosamente, más
allá Helena y París se raptan mutuamente, bajo al mirada
cómplice de Homero. La gente pasa indiferente, exhausta
de problemas, algunas monedas brillan decadentes con el
reflejo del sol, la mente se entrega al fin y el estomago
disfruta.
El
mapa abierto en toda su extensión, Lucas traza una línea
imaginaria hasta su próximo destino. El sol se cubre ya
al fenecer la tarde, y la calle se viste de ese monótono
gris, impermeable a toda imaginación, fantasmal, casi
muerta.
Una
decena de rostros iguales deambulan vencidos por la
cotideanidad de Buenos Aires que agobia cualquier sentido,
hasta los amantes históricos partieron dejando a Homero
solo amalgamado al viejo árbol.
Pedro
de Mendoza reza el cartel de la calle, desde allí Lucas
observa el viejo puente, dormido de óxido, que otea desde
su altura la gris urbe que crece y hacia atrás el triste
conurbano que languidece miserias sureñas. Cerca el agua
negra, casi sólida del Riachuelo retiene a la nave Argos,
Jasón en la cubierta llora angustias, implorando a Medea
que nunca encontrará.
El agua pegajosa, forma remolinos entorno a la preciosa
nave, hilos de baba del diablo la amarran, pagana a la
negrura reinante.
Lucas
remonta la ribera hasta el pie del puente, resembrado de
ocres reflejos de ocaso y herrumbre. La tarde se mimetiza,
entregándose a la oscura noche, de frente el bodegón
invita placeres exóticos con sus carteles de neón,
algunos cirujas se pelean por los desechos.
Lucas arregla tocar el saxo a cambio de comida y tal vez
descanso bajo techo.
Dormitando
entre las sucias mesas, descubre la bruma de la madrugada.
Afuera la calle se viste de sombras blancas y los hedores
suben a la superficie desde el riachuelo en nubes de vapor
acre.
Lucas de pie frente al viejo puente, estudia el mapa con
cuidado, mientras un extraño chirrido de metal y carne lo
asombra. Levanta la vista y la figura que parece
interminable, desemboca en una enorme cabeza adornada con
solo un ojo. El extraño gigante se agacha en una sinfonía
de ruidos estertores, observando a Lucas con detenimiento.
-¿Ulises? Pregunta con voz chillona, contrastando con su
enorme cuerpo.
Lucas
mira a su alrededor como tratando de encontrar alguna
explicación, retrocede algunos pasos, mientras la enorme
mole lo acecha aguzando su único ojo, expeliendo con cada
respiración una bocanada de aliento fétido roído por la
herrumbre y las negras aguas.
¡Esta
vez no conseguirás engañarme Ulises!- vocifera el
monstruo casi con un alarido.
No
soy " Ulises"- responde con voz firme Lucas, y
además no me gustaría serlo -concluye.
Ulises
es el maestro del engaño ¿cómo saber que no lo sos? -
Pregunta el gigante.
¡Soy
Lucas!
¿Lucas?
Vuelve
a preguntar el gigante ¿de donde?.
Sí
Lucas -¡ Lucas de por ahí!.
Otra
vez ese chirrido al acercarse, recorriendo cada parte del
cuerpo de Lucas con su único ojo.
No
estoy seguro de que no lo seas, tal vez tenga que
golpearte primero y no dejarme engañar otra vez, afirma
el gigante mientras estira su brazo como para aplastarlo.
Deteniéndose justo a tiempo cuando observa el estuche del
saxo.
¿
Que tienes ahí? Pregunta asombrado, dejando a descubierto
su ridícula voz.
Lucas
arma el saxo con paciencia, levanta la vista, ya el sol va
castigando a la bruma, obligándola a partir. Los sonidos
comienzan a deslizarse atraves del aire cadencioso de la
futura mañana, el bruto gigante se deja caer paralizado
por la armonía de la música. Sopla y resopla Lucas,
mientras el sol se proyecta en su cara, el gigante dormido
a su lado, resuella con vibrantes sonidos, el viejo puente
acompaña la melodía con un crujir intenso de herrumbre.
Lucas vencido por el sueño dormita cerca de la enorme
mole, al despertar casi al mismo tiempo, el gigante,
esforzándose para levantarse, ya de pie vuelve a
preguntar ¿quién eres?
Lucas,
solo ¡Lucas de por ahí!.
Polifemo,
ese es mi nombre, alcanzó a decir el gigante, antes que
su cuerpo comenzara a mimetizarse con el oxido del puente.
Espero a "Ulises" balbuceó, ya casi con un hilo
de voz.
No
espero a nadie comenzó Lucas, busco la salida de este
infierno.
¿
Infierno? ¿ Que es infierno?. De que hablas, pregunta con
esfuerzo el gigante mientras su cuerpo se debate en
convulsiones adosándose al puente.
Infierno,
- comienza Lucas - es no poder escapar a esta miseria que
agobia, no tener escrúpulos para vivir, infierno es
crimen sin castigo, perdón y olvido. Gobernar para pocos,
esclavizarte, formándote solo para sobrevivir, sin lugar
para uno mismo, infierno.....
Y
que te hace creer que de este otro lado no es infierno,-
interrumpe el gigante esforzándose cada vez más - los
que cruzan día a día este puente, regresan más
miserables cada día, ¿es que acaso no podes verlos?
Pregunta el gigante.
Lucas
desvía la vista hacia un costado, los primeros autos que
cruzan, muestran conductores perdidos, lúgubres, vencidos
por las malas noticias que vomita la radio, plagados de
problemas, sin espacio para sonreír.
Ambos
cruzan miradas cómplices, en un punto de la mañana, ¡
ya ves Lucas de por ahí!- Esta no es tu salida, alcanza a
decir el gigante, ya uno con el viejo puente. Lucas
desarma el saxo en soledad, abre el mapa y sigue la línea
por la ribera hasta el puente de Pompeya.
Lucas comienza a desandar la ribera, acompañado por el
olor y la negrura del agua. Un chirrido descomunal, lo
obliga a darse vuelta, ya sin vestigios del gigante,
fusionado con el puente, detrás de una gran nube, dejando
en el aire el pesado hedor de piel quemada.
El
riachuelo va adosando a su negrura un color verde tábano,
de miles texturas y olores nauseabundos, la corriente,
repta pegajosa adormeciendo hasta la muerte viejas
embarcaciones, plagadas de imágenes fantasmales paseándose
por las roídas cubiertas.
La
tarde inexorable cobra sus víctimas, el sol desaparece
tras el vértigo miserable de la ciudad. La noche se
instala sin ningún reflejo contra el negro riachuelo.
Lucas se detiene en una esquina cualquiera, unos cirujas
sueñan viejas bonanzas frente a una pálida fogata.
Cansado,
Lucas decide acompañarlos, el viejo ciruja le da la
bienvenida - la muerte para en la otra esquina- dice el
viejo, mientras lo convida con vino barato.
Lucas
ensaya alguna respuesta, balbucea algo, se levanta y
camina hacia la otra esquina, mientras la figura de la
muerte, fuma un cigarrillo, acorralada por la miseria.
Encorvada y sucia añora la lejanía de dignidades pasadas.
La
vieja muerte muestra su sonrisa desdentada detrás de una
cortina de humo de tabaco negro. Una docena de cucarachas
se agolpan sobre su pie desnudo, la mano huesuda y sucia
intenta espantarlas dejando caer la blanca ceniza, después
de ardua labor y resignada sin éxito, se entrega a una
larga pitada. Se cruzan miradas en el instante siguiente,
de las profundas órbitas de la muerte, rueda como perla
una sola lagrima negra, que contrasta con su pálido
rostro.
-
Busco la salida de este infierno- dice Lucas acomodándose
cerca, sin dejar de mirarla fijamente.
Una sonora carcajada, acompañada por un pedo maloliente,
sumado luego a un largo silencio, es toda la respuesta.
-¿
y quien dice que lo sé?- responde la muerte después de
algunos minutos.
-
¿ Acaso no me ves?-¡ vegetando en esta esquina
miserable, sin dignidad alguna!.
Fue silencio por un rato, tomó aire que se filtró por
algunos agujeros de su pecho y continuó -antes la gente
se resistía a morir, y mi trabajo era convencerlos con
engaños y promesas de paraísos. Pero ya me ves, soy yo
la engañada, ya nadie se resiste a morir en esta ciudad,
casi como que están esperándome, entregándose sin
luchar, devorándome yo sus problemas y miserias y mi
salud se deteriora, y ya sin fuerzas me resigno a esperar
mi propia muerte.
Cuando
consigas salir de este infierno, puedas hablar con Dios,
suplícale su misericordia para mí, ya que llevo toda una
eternidad siendo muerte y ya no le resisto.
Lucas
cerró los ojos un rato, la muerte languidecía tiritando
frente a la austera fogata. Desde el saxo Lucas hacía
vibrar 'Bird in Paradise" mientras la muerte murió
de muerte natural ya entrada la madrugada, casi en sus
brazos, desapareciendo en la radiante mañana.
Lucas
ubica el puente de Pompeya y emprende la caminata. La mañana
gris ahora, se refleja en el riachuelo empavonado de
grises y óxidos.
Mediodía,
el sol se descubre haragán en lo alto, enturbiado por
algunas nubes, descubriendo viejas imágenes olvidadas,
Lucas le da tregua a su estomago devorando algunas
galletas rancias.
La tarde melancólica tiñe de naranja la ciudad, para
cuando Lucas llega a Pompeya, desde el riachuelo dormido
de corrientes, emergen decrépitas un par de náyades,
anunciando desdentadas al osado mortal, la presencia de la
divina Circe. Un remolino negro llevando consigo algunos
envases viejos, se forma algunos metros más adelante. De
su otrora melena de furiosos reptiles ya nada queda,
apenas unas mansas culebras encanecidas, emergen antes que
su rostro, avejentado y triste, con alguna historia en
cada pliegue. El agua negra se escurre entre sus arrugas
por unos segundos, al abrir sus agrietados párpados,
dejan a luz a sus enormes ojos de un azul profundo,
contrastando con todo su cuerpo, dando brillo al lúgubre
río.
-
¡Alto!- grita Circe dejando escapar un eructo. - ¡Alto!
- Repite, emergiendo su torso, hasta dejar ver sus mustios
pechos, corroídos pro la extrema vejez.
Lucas
se detiene casi por compasión, las viejas náyades le
acercan prestas, un bote de rancias maderas, la extraña
belleza de los ojos de Circe, obnubila a Lucas
imposibilitado de no hacer otra cosa mas que mirar sus
ojos. Lucas sube al bote que resiste con una sinfonía de
maderas crujientes, las viejas náyades lo llevan con
esfuerzo hasta Circe, cuan preciosa carga.
Los
ojos de hielo de Circe penetran en los suyos devorando
toda razón, a unos metros de distancia el rostro de Circe
va mutando, tomando ahora una forma conocida a Lucas, el
rostro familiar de quien marcó su vida, llenó tal vez
los huecos de su corazón. Entregado al rostro, imposible
de sacar la vista de esos ojos cristalinos, se encamina
enceguecido a su fin.
Circe lo toma en sus brazos, siente el vigor maduro de sus
músculos debajo de la ropa, descubre el cuello y lo soba
preparando el final.
La
muerte se compadece del hombre que la arrulló en sus
brazos, inútil detrás de una vieja popa desnuda
ennegrecida por la corriente. Los ojos de fuego lo
dominan, entregado en sus brazos, la muerte intuyendo el
final, levanta un astillado mástil y golpea con fuerza la
cabeza de la vieja Circe que rueda por las duras aguas
negras, hundiéndose unos metros más adelante, en un
remolino de burbujeante negritud. Despertando del sopor
Lucas se refriega los ojos, inquieto por encontrarse en
medio del riachuelo, rema desesperado con ambos brazos
hasta ganar la orilla, mientras las náyades desesperadas
sostienen el cuerpo decapitado, del cual emergen líquidos
amarillentos.
En la orilla Lucas observa como después de un sordo
estruendo, emerge la cabeza de Circe maldiciendo por su
cuerpo perdido. Las náyades embisten a la muerte,
mientras Circe acomoda su cabeza, entre envases de plástico.
La lucha desigual aún continúa, la vieja muerte intenta
defenderse en vano, a jirones su cuerpo se diluye en las
aguas cenagosas.
Desde
la orilla Lucas comienza las primeras notas de "Bird
in Paradise" los viejos cimientos del puente
"Alsina" vibraron, la lucha se detuvo. Soplaba
Lucas y los metales del viejo puente también, como si
"Charlie Parker " soplara en dúo con él. Las náyades
se sumergieron lentamente soltando a la muerte, Circe
supuraba por su cuello mientras lloraba sumergiéndose,
formando una horrible mezcla de colores entre pus y aguas
negras. La muerte flotando entre la basura del riachuelo,
resuella en una agonía eterna.
Después
de unos minutos la escena se torna difusa entre la bruma
de la tarde, concubina ahora de la noche sin luna.
Despliega
Lucas el mapa, resaltando el próximo paso, sabiendo que
hoy la noche es Pompeya.
Densas
nubes brumosas descansan sobre el riachuelo, sus aguas
otrora vivas, yacen inermes, apestadas de residuos.
Cruzando
el puente Lucas se encuentra sobre la misma miseria, pasa
la lo queda de la noche a un costado del puente, pintado
de rocío, brillando tenue con las luces del puente.
La
mañana lo encuentra acurrucado tras una caja de cartón,
el sol inyecta algo de vida al amanecer. El hambre
dificulta el camino, lava platos en un oscuro bodegón y
junta las sobras para comer en camino al puente "La
Noria". El sol mientras parece dormir eternamente,
cuando esa llovizna se admira como tormenta sobre el río
muerto.
Las
villas se adosan a la ribera, como oscuro paisaje adornado
con cientos de llantos, de otros tantos chicos
hambrientos. A lo lejos se divisa ya el puente, que como
una muralla separa ilusiones que entran muy temprano casi
de madrugada y vuelven a pasar vencidos por la noche,
atemperados por algunos vasos de vino barato.
Las
luces se disipan en la fina capa de lluvia, cuando un par
de trompetas suenan alborotadas desde el medio del
riachuelo, dos obesas sirenas interpretan una extraña
oda, que al terminar comienza a emerger un viejo 3cv, en
cuyo interior, un calvo personaje sentado sobre un trono
de neumáticos viejos, coronado con una lata oxidada,
llevando por estandarte una escoba semi destruida. Las
trompetas resuenan ahora más firmes ya fuera del agua,
anunciando a Saturno, al terminar las sirenas se sumergen
mostrando sus obesos traseros. En su trono el rey aguarda,
el rostro envilecido por el certero paso del tiempo.
-
Tu padre ya estuvo por aquí - dijo Saturno, con gesto
grave, acomodándose en su trono miserable, sacándose
unas bolsas pegadas a sus hombros.
-
¿Cómo sabe que era mi padre? Pregunta Lucas.
-
Tu rostro me es familiar, y además pretendes destruirme
con un saxo, como él. A mi que de mi fragua nacieron
armas inmortales, tendrás que esforzarte, concluyó.
-
No me importa terminar como mi padre- dice Lucas- pero yo
todavía tengo espacio para escribir mi muerte, pero
vos.... solo tenés que observar tu alrededor ¿es que tu
trono miserable te obnubila? ¿ de tu fragua salieron
armas inmortales? - Continúa Lucas- honestamente, es poco
creíble que siendo tan importante, reines en este río
muerto, denso y oscuro, por sobre el cual pasan día a día
miles de personas, que te sienten cada vez más miserable,
a ahogado de basura y excremento.
El
rostro endurecido del viejo Saturnio se transformó,
comprendió de pronto que toda su grandeza y majestuosidad
ya no existía.
Pesadas
cayeron algunas lágrimas del saturnio que fueron a
rebotar en la dura superficie del riachuelo. Recomponiéndose
dijo - tuviste el valor de mostrarme una realidad que yo
no quería ver, otra verdad que no era la mía, solo por
eso alteraste tu destino. Miró al cielo sin lluvia, que
mostraba una pequeña luna en cuarto menguante, esfumada
de naranja, respiró hondo y continuó- mi destino al
contrario del tuyo es único, ya ves de mi reino en el
olimpo, no queda nada más que algún vago recuerdo, ahora
padezco tal vez mi propio infierno en esta cruel miseria.
Miles discurren el puente, surcando las fronteras de la
miseria, huyendo por la mañana, regresando derrotados por
la noche. No - se tomó algo de tiempo y continuó- esta
no es la salida de tu infierno, solo es la entrada a otro,
tal vez mucho peor que el tuyo, continuó el saturnio,
mientras el 3cv comienza a sumergirse entre medio de una
corriente de mugre, antes de desaparecer alcanzó a decir
-infierno es la desidia de los gobiernos, la miseria
cotidiana de buscar como sobrevivir olvidando vivir,
infierno son los chicos en la calle durmiendo donde
pueden, comiendo lo que encuentran, acumulando odio hacia
una sociedad que los margina, infierno son los
desaparecidos, olvido y perdón, infierno es políticos
ricos a costa de pueblos pobres y oprimidos sin voluntad,
quedarse y resignarse, meter la cabeza bajo la tierra,
infierno es irse para no volver físicamente y no irse Jamás
con la mente -.
Finalmente
con el agua hasta el cuello se detuvo un momento y dijo -
el infierno es uno mismo, va a donde vos vas, tal vez un
poco menos miserable, pero infernal al fin - al hundirse
por completo se formó un remolino multicolor del agua
mezclada con petróleo.
La
armoniosa voz despertó a Lucas mientras sacude la modorra
de la espera, al fin el anuncio de su vuelo lo reconforta,
repasa sus cosas, firme el bolso en su mano, recuerda el vívido
sueño. Atrás una veintena de desocupados de "Aerolíneas"
hacen explotar sus bombos con canciones de protesta.
Lucas
se levanta refregándose una lagaña perezosa que se
resiste. Entre medio de un piquete, se dibuja como uno más,
alejándose ya en el embarque mira hacia atrás con un
dejo de melancolía, a pesar de todo dentro suyo siente
que la salida del infierno esta próxima, entonces solo
entonces una sola lágrima rueda infeliz.
©
Alejandro Crimi.