La
Reconquista del Desierto.
La
media tarde agoniza en el gastado invierno neuquino, el
viejo general Jimenez Jorge Daniel Ceferino, como a él
siempre le gustaba nombrarse, despunta el viejo vicio de
ortiviar a la peonada.
Marta
está en la cocina con ese viejo sabor amargo que paladea
desde que fue madre por segunda vez, hace ya veinte años,
la historia fugitiva que solo el general y ella conocen,
monta guardia implacable en su conciencia, ya casi
resignada recorre con hastío cada rincón de su casa
buscando valor, rara especie en extinción por aquellos
lugares.
Sin
embargo el compromiso de familia bien no la deja mostrar
su interior menos tener de confidente a su hija mayor,
"martita" fiel representante de mujer
definitivamente sin compromiso con la vida, totalmente
hueca, cuya única realidad es el té canasta con sus
amigas acomodadas, hablando idioteces de viejas rancias
repetidas hasta el hartazgo, sobreviviendo a sus
matrimonios por temor al que dirán, descargando en sus
hijos el rencor a su sociedad de esposas de maridos
militares.
Martita
vuelve a lo de mamá ni un minuto después de las seis y
media, Marta mientras tanto tararea viejas canciones para
sus nietas, vestidas para fiestas, sin un rayón ni mancha
en sus zapatos y si dios lo permite ya con el futuro
delineado, sin posibilidades de retorno obviamente igual
que mamá.
Alumna
ejemplar de colegio bilingüe virgen hasta el matrimonio.
Martita nunca preguntó porque su madre se deprime, pensó
seguramente que era debido a su hermano
"marcial" un chico difícil con marcados signos
de autismo, sentado siempre frente a la ventana viendo
pasar el viento.
A
las siete Martita apura la despedida otra oportunidad
perdida, parece que jamás le preguntará a su madre sobre
su hermano, si ella es rubia porqué el no, Martita tiene
miedo del general, su madre también y además nunca les
faltó nada y eso para cualquier señora de ciudad
acomodada alcanza y sobra.
El
general respira autoridad, se mueve seguro de sus pasos
como cuando era jefe de tareas haciendo sentir el rigor de
su rango ante quién corresponda, casi por error roza a
marcial el muchacho responde con un sonido ronco salido de
sus entrañas asemejando una sonrisa, tarde el general y
su paso firme ya no están para recibirlo. Marta atenta
acude, "marcial" incontinente destila líquidos
inmundos, castigo del destino. Otra vez el carcelero de su
conciencia está presente, esta vez no; piensa marta la
agonía de otro día más igual sin sentido oprime su
pecho. Marta va infundida por no sabe que valor, se planta
delante del general mascullando no sabe que galerías de
improperios y gestos recibiendo como única respuesta una
cachetada, su miseria puede más que su dolor y los gritos
retumban en las paredes desiertas. La Tv. vomita imágenes
que marcial ve por primera vez, una mujer de tez oscura,
casi como él mostrando una foto de un chico robado por la
dictadura, un caso común hasta ahí salvo porque era el
último "MAPUCHE". Una descarga de adrenalina
visceral sacudió los miembros del muchacho, la gritería
del cuarto contiguo no mellaba sus vivencias, se levantó,
las piernas por primera vez le respondieron, su amargo
destino iba tomando conciencia, en su pecho latía la
inclaudicable voluntad de saber, de veinte años de
insomnio que terminó, la mujer de la TV lo llamó
"NEHUEN".
Sintió
que las paredes lo ahogaban, se marchó, descubrió la
calle por primera vez, sintió la libertad debajo de sus
pies, nunca fue tan "NEHUEN" como en ese
momento.
Los
gritos y golpes tardaron en aplacarse, el general en su
cuarto mastica bronca por el retobe, los dedos inflamados
con restos de sangre ajena, descansan debajo de la
canilla. Marta mientras tanto no tiene tanta suerte su ojo
derecho porfía en cerrarse, sus labios dejan caer un hilo
de sangre y su rostro en el espejo le devolvió por última
vez su imagen, gastada por el error de ser cómplice y no
pudo más, las escaleras le parecieron eternas, la silla
vacía trajo desesperación, la búsqueda una infinita
sensación de soledad, y Marta va y su conciencia más que
nunca la persigue despiadada, es el final, el estampido
detona incertidumbres, los sesos de Marta riegan el
comedor vacío de afectos.
El
odio del general, no permite espacio para el dolor,
Martita llora desconsolada delante del ataúd, y ya nadie
pregunta por marcial, error del cruel destino del que roba
lo ajeno.
Los
días pasan, la primavera se apiada del lugar, el tiempo
cruel dibuja una mueca más marcial-NEHUEN alimenta su
interior, aprende lo que queda de su cultura, conoce las
desgracias de su pueblo, se mimetiza con el dolor de su
gente y NEHUEN florece y resurge nuevo de sus entrañas,
reconoce el desierto como suyo y una sola idea lo
alimenta, su raza, su honor destrozado también o
casualidad por un general, cruel destino.
Otra
vez la mujer de la Tv., NEHUEN la reconoce como suya, el
encuentro sublime con su pasado le devuelve la esperanza
perdida, el piquete del hambre se hace cómplice generoso
del mapuche y una a una cada población con el nombre de
general roca se hizo NEHUEN caídos los monumentos una vez
el honor esquivó al hambre y todos fueron mapuches.
El
general alimenta de odio su corazón mientras la Tv. grita
de júbilo, pensar que el destino pudo más que él, lo
inquieta la Tv. Vuela en pedazos, Martita corre al
comedor, el general grita incoherencias, la puerta cae, la
figura de Nehuen se hace grande contra el marco, Martita
no sale de su asombro su boca abierta casi de admiración
no emite sonidos, en los ojos del general; NEHUEN fue la
muerte. El oscuro parte médico dirá que el general
falleció por un paro cardiorrespiratorio y en NEHUEN el
desierto se hizo piel en sus pies descarnados y su imagen
se agiganta con las sombras de la tarde, la reconquista
había comenzado.
©
Alejandro Crimi.