Encuentro.

Los ojos abiertos en la habitación a oscuras, dibujaban imágenes fantasmales, discontinuas. Ella jadeaba todavía, el cuerpo caliente aún. Él se levantó sin decir nada, no encendió la luz, entró al baño, leyó miles de historias en las paredes y no encontró la suya.

Se quedó un rato en silencio, mientras en la habitación "Arjona" susurraba algunas canciones de amor por los viejos parlantes. Intuyó la última, abrió la puerta y salió sin despedirse, no le extrañó que ella no lo corriera por los pasillos, al fin nunca se prometieron amor eterno.

Pagó y salió, contó algunos pesos, que resistían aún y caminó bajo la pertinaz llovizna, sabiendo que algo de él quedaba atrás.

La lluvia calmaba las ansias y dormía las ideas. Después de un rato, pensó donde ir, blasfemó un rato a quien corresponda y se detuvo en cualquier lugar. Paró un colectivo cualquiera, el chofer preguntó ¿adonde lo llevo? - Hasta donde alcancen las setenta guitas- contestó, colocando las monedas en la máquina a cambio de un pequeño papel sin rumbo.

San Juan y Boedo, bajó rápido sin motivo, afuera la lluvia reinaba sin luna, entró a un viejo bar, pidió un café mientras un oscuro cantante improvisaba un tango amargo. Ya la madrugada flagelaba el dolor de la soledad, buscó su nombre en la mesa tallada de historias y no lo encontró.

Se levantó de golpe y salió, afuera todavía la lluvia caía implacable, los cirujas dormían envueltos en cajas de cartón de miles de días. Caminó hasta el centro, la mañana despertaba enviciada ya de smog, cansado llegó a su trabajo casi sin querer, durmió un rato largo en el baño a oscuras, al despertar, buscó su nombre junto a los otros en la puerta y no lo encontró.

Camino despacio por entre los escritorios y sintió todas las miradas convergiendo sobre él, se sentó en su silla sin levantar la vista, buscó su historia entre los papeles y no la encontró, se recostó sobre el respaldo un rato largo, cerró los ojos y se durmió, se busco en sus sueños y no se encontró.

Decidido salió a la calle, caminó por entre cientos de personas buscó su rostro entre la multitud y no lo encontró, en su caminata llegó hasta el río que bramaba por la eterna sudestada. Las aguas volaban encrespadas de color del bronce, se sentó en un banco mientras el viento traía algunas gotas en su cara, el murallón lo esperaba desafiante, se acercó, lo miró lleno de nombres y corazones prometidos, buscó el suyo y no lo encontró.

Al fin le dio la espalda y caminó hasta la solitaria estación de tren, subió al primero que llegó, rumbo a ningún lugar. Las imágenes enmarañadas del veloz paisaje lo marearon, llegó "Retiro" creo, bajó buscó su nombre entre los carteles de la estación y no lo encontró.

Se miró en un espejo distraído al bajar a la estación de subte, su pelo crecido y barba de tres días le devolvieron otro rostro.

Entró al subte junto al torbellino de gente, que de pie se apretujaba y mascullaba bronca, intentó ver su rostro entre la multitud y no lo encontró.

El parlante gritaba "Constitución" ahuyentando algunas dudas, recorrió los sucios pasillos por un rato sin destino, hasta que salió, solitario entre otras multitudes, caminó pro algunas calles desiertas, se encontró diferente reflejado en la vidriera, su pelo llegaba hasta los hombros y la barba cubría ya su blanco rostro.

Observó el viejo edificio, detrás de un gran parque, leyó con dificultad el nombre en el frente, "Hospital Neurosiquiátrico José. T. Borda" buscó el suyo cerca y no lo encontró.

Caminó en soledad por los pabellones de aspecto mugriento, cruzándose aveces con algún personaje de blanco guardapolvo. Delante de él un extraño hombrecito en pijamas lo reconoció - ¡Jesús! - dijo ¿cuánto hace que te espero? . Él reconoció su nombre, levantó la vista presuroso, lo miró fijo y se vió reflejado en ese rostro, y finalmente se encontró.

© Alejandro Crimi.