Siempre tengo esos grillos perdidos en la cabeza

Siempre tengo esos grillos perdidos en la cabeza, algunas veces cantan, pero otras reclaman, ahí si que se pone bravo, enseguida se abre el ropero, llenos de heridas sangrantes que bajan de a una y se amontonan en los ojos, del lado de adentro y están con vos hasta nuevo aviso. Así colgada de una percha se apareció “La Loli”, ahora descubro que nunca supe su verdadero nombre, además ese le quedaba tan bien, que nunca me atreví a preguntar por el otro, algunas veces por temor a que fuera desagradable y otras porque esa mirada de café dulce merecía definitivamente llamarse “Loli”.

La conocí una tarde en la plaza “Martín Rodríguez”. Ella estaba sentada con untito de pelo largo y pantalones a rayas acampanados, como todos en el `77. Las luces de la plaza empezaban a asomar y nosotros en la parte central jugando el clásico, yo con la cinco en la espalda, Edu pidiendo la bola a gritos, Jorge haciendo gestos desesperados de soledad, y yo ahí, el pie abierto para el chanfle perfecto, la pelota comenzando a deslizarse por el mágico envión, dando pequeños saltos, como sacudiéndose le polvo de ladrillo, y enseguida empezar a volar, corto primero y después elevarse por  sobre el arco imaginario, Diosa pagana del cuero deshilachado, dueña del aire, hasta caer justo sobre las piernas de Loli.                                                                                                                               Debe haber sido la primera vez que no discutí, empecé a caminar para rescatar a la diosa. Yo tenía los diecisiete pegados en una manifestación de granos debajo de los pómulos y ojeras como telones viejos. Él se paró, pero yo solo veía a “Loli”. Ella tenía los ojos celestes, casi velados, como detrás de una pantalla, aunque para mí, eran marrones y ojo que digo marrones y no pardos que es muy distinto. Yo los miraba como un par de caramelos de dulce de leche, calidos, húmedos y además iluminando esa sonrisa a diente abierto, que parecía que le quedaba chica la boca. Recién después lo miré a él, melena negra, bigotes anchos y todo el ropero encima. La verdad es que me llevaba como dos cabezas de alto, y encima la pelota se acurrucaba mansa bajo la zurda, el faso entre los dientes y los ojos medio achinados por el humo, le daban un aspecto de alguno de esos extras de películas de chinos. Enseguida y sin bajar el pie de la bola, tomó el cigarrillo entre los dedos y me dijo:

·         ¿Oime, vos sos manya o bolso?

·         ¡Con esta cara y en esta parte del barrio (dije apurado) no puedo ser otra cosa que manya!, ¡tengo la cara negra del polvo y los dientes amarillos! ¿ves?

·         ¡Perdiste (dijo) como sorprendido por mi respuesta, yo soy de Nacional, y a los de Peñarol, no los quiero ver ni dibujados!

Enseguida con la punta del zapato invitó a la pelota a subir a su pie y desde ahí la zurda se difundió en el aire y otra vez la diosa voló por sobre todas las cosas y cayó más allá tras una curva que parecía hecha con transportador.

·         ¡mejor suerte la próxima y vamos los manya! (dijo)

Le contuve un rato la mirada, con la inconciencia prendida de mi sangre, la miré a Loli que todavía sonreía y fui llevando mi espalda encima, que parecía enorme, no tanto por el peso, solo por el hecho ahora menos inconsciente de haberle aguantado la mirada a ese “boncha”.

El partido siguió un rato más, pero no para mi, ya no pude volver, definitivamente mi cabeza estaba atravesada en esa sonrisa, si hasta podía oler el perfume de su pelo, descendiendo por mi pecho, abrigándose del frió entre mi cuerpo. Me quedé solo un rato largo sentado en un banco, sin escuchar a mis amigos, que se iban yendo, y yo unido a ese banco helado, con cierres de relámpago indestructibles. Tenía los ojos pegados a su figura, con esa locura adolescente, de pensar que ella en cualquier momento, dejaría de estar con él. Solo para venir hacia mí, y sanarme la rodilla, que asomaba sangrante como una luz de stop.

El frío empezaba a no resistir el engaño de la ropa. Las hojas del piso volaban, disfrazadas de serpentina de un solo color. Empecé a caminar por entre las sombras de los árboles, creo que hasta que hasta la misma plaza no resistía tanta soledad, de viento rojizo. Reviviendo en vano hojas muertas hace algún tiempo. Y esas luces pobres, embadurnando todo el ambiente de una niebla amarilla

Las piernas me arrimaban a mi casa, hasta que la mente no se abstuvo de opinar, y fui derecho hacia donde estaban ellos. Tenía que ver esa sonrisa otra vez, y con un poco de suerte, tal vez alguna mirada perdida.

·         ¿Uh, mirá quién viene por ahí?, dijo él, como para que yo escuchara.

·         ¡Vení Manya! ¡dale no seas tímido vení!

Confieso ahora que tuve un poco de miedo, pero ella, aún sentada, me regaló un guiño cómplice, atreviéndose, osada, a cerrar por un momento los ojos. Y yo me entregué, caminé hacia ella, como si estuviera  sobre una cinta mecánica. Preñada mi vista a un asomo de su sonrisa.

  • ¡Ella es Loli! Dijo él, trayéndome de golpe a este pedazo de tierra
  • ¡Yo soy Gúru! ¡Manya hasta la muerte!, y continuó, con un gesto de ponerse la mano de canto en la cara, y hablar así como para que me entere yo solo.
  • ¡Yo me llamo Pablo!, algunos de mis amigos, me dicen ¡gringo!, comente, con algún resabio de temor todavía en la piel.
  • ¿Vivís por acá? Preguntó “Loli”.

Ahí fue cuando perdí todo contacto con la realidad. El sonido de su voz recorrió mi cuerpo, instalándose como un virus en mi sangre, enredándose en cada tendón.

  • Si, a cuatro cuadras, bajando por la calle Habana. Dije yo después de recuperarme.
  • Decime “gringo”, dijo el Gúru, ¿Cómo cuernos sabés algo de Peñarol?
  • Me crucé al Uruguay para ver a Boca por la Libertadores. Contesté
  • ¿Qué vas a ir? ¿Al Uruguay? No te creo, dijo Gúru.
  • ¡Pero es verdad!, fui con mi amigo “Pepe”.
  • ¡Dale no jodas botija!
  • Si queres te cuento...     dije sacando pecho   

El partido era el miércoles, Pepe y yo salimos el lunes anterior. Resulta que cuando llegamos a Montevideo, estábamos sin un centavo. Entonces quisimos entrar al Centenario, junto con la hinchada. Y la policía, amablemente nos convenció de la dureza de sus palos.

  • ¡Ah entonces, comprobaste la nobleza del roble Uruguayo!
  • ¡Si, no sabes de que forma!

Corrimos por la avenida Italia, estableciendo el record amateur, para los cien metros. Al rato paramos, para guardar a los pulmones, que venían algunos metros más atrás.

Ahí nomás había un camioncito de soda, como agusanado a un costado de la calle. El tipo nos preguntó si podíamos ayudarlo, después de todo no teníamos otra cosa para hacer. Así que… a la cuadra y media, meta empujar, hasta que de un bramido gris, el “chivo” arrancó con un prepoteo de cilindro lavado y olor a nafta hasta en los pies.

El tipo sacó valientemente la mano por la ventanilla y se despidió con una nube blanca que se escapaba enseguida hacia el cielo.

  • ¿No me digas que el tipo no paró? Preguntó Loli
  • ¡Esperá un poco no seas apurada! Dijo Gúru con gestos ampulosos.

Estábamos muertos, continué, pidiendo el cambio urgente. Nos sentamos sobre el cordón de la vereda, los dos casi en la misma pose, mirando fijo, ese hilo sucio de agua marrón, que pasaba raudo debajo de nuestros pies.

No tengo idea el tiempo que estuvimos sentados, al rato un bocinazo, nos hizo levantar la vista. El chivo verde, se mostraba compuesto, orgulloso marcando los cuatro tiempos del motor. El tipo sacó medio cuerpo por la ventanilla  y dijo: ¿Qué hacen acá, no van a entrar a la cancha? Se nos complicó con los palos, dijimos juntos, casi al mismo tiempo.

¡Vengan conmigo!, dijo el chofer muy seguro.

  • ¡Viste que tenías que esperar! Dijo Gúru a Loli. ¡Dale vos seguí Pablo!

Nosotros subimos al camioncito, casi antes de que termine de halarnos, Pepe se sentó en el medio, y yo contra la ventanilla, regada de la resolana que desbordaba la Avenida Italia.

¡Hay un pequeño problema! Dijo al fin el hombre. La cosa fue que tuvimos que ver el partido desde la tribuna local, en medio de la barra de Peñarol. Así sufrimos el partido. Aunque cuando llegamos a Buenos Aires, les confieso que ya éramos “Manya”. Pero sin traición a Boca, porque del otro lado, honestamente, nos pareció que estábamos con los mismos pibes de todos los domingos en la “Bombonera”.

  • ¿imagino que se habrán quedado en silencio? Preguntó con una sonrisa el “Gúru”.
  • La verdad es que tuvimos que improvisar algunas letras. Y cantábamos así con la boca a medio abrir, como cuando cantábamos el himno en la “primaria” ¡viste!

“Loli” se rió con ganas, dejando escapar un coro gutural de mariposas andariegas.

  • ¿Venís seguido a la plaza? Preguntó el “Gúru”

Todas las veces que puedo, contesté. El colegio me aturde, y llego a casa, cerca de las ocho de la noche. Y honestamente a esa hora, no queda ni el polvo de ladrillo de las sendas.

Por un momento rieron juntos, casi a coro. Bueno ahora anda para tu casa, que ya es bastante tarde. Gúru se acercó y me pasó la mano por la espalda en un gesto casi de cariño. Ella se acercó y me dio un beso en la mejilla.

Mi corazón empezó a pedir aire, como si tuviera un carburador de doble boca. Él se dio cuenta y me volvió a palmear. Recién ahí empecé a camina, después de saludarlos, levantando la mano en un gesto bastante torpe.

Entibiada solo una parte de mi cuerpo, que como un mancha de humedad empezaba a ganar el resto de las paredes.

¡Pablo! Dijo Loli, yo me dí vuelta como congelado, ella cruzó la calle y me tendió la mano. Tomá, dijo, esto es para vos.

Le di las gracias y seguí cruzando, hice un rollo del papel, que ella me entregó. No pude mirarlo, entusiasmado con ese saldo de luz en sus ojos, que bastaban para iluminar mi día.

Después de un rato, lo abrí, era una figura del “Che”, esas que al pasar la luz, se estampan gigantes, contra la pared o el techo. La guardé entre mis ropas, casi escuchando en voz alta, las recomendaciones de la “vieja”: “Nene, no se te ocurra levantar nada del piso. La otra vez me dijo “La Nelly” que un señor que conoce al sobrino de don “Cholo”, levantó una lapicera del piso y explotó una bomba, te imaginás, quién habrá limpiado todo ese enchastre de tripas”.

Enseguida me pareció verle arquear las cejas, contra el cielo de la tarde y seguir con el relato: “Tené cuidado con los vendedores de manteles, esos que te tocan el timbre ¿viste?, dentro del paquete te dejan palta para que después vos tengas que recibir a los terroristas en tu casa”.

Me reí solo durante un buen rato, hasta que al llegar a la esquina el perro del ortiva de “Carlos” me corrió por un par de veredas.

Llegué a mi casa. La “Vieja” no preguntó nada. El “Nonno” y el “Viejo” deglutían, el noticiero de las ocho de la noche, sentados ten cerca, que parecían periodistas invitados. La “Nonna” me pasó la mano por la cabeza, como siempre lo hacía y enseguida me trajo un sanguche, esos de los que solo sabía hacer ella.

Me fui a dar una ducha, hasta que mi hermana mayor, convocó a la familia para que me saque del baño. Salí puteando en ocho idiomas y me hice acreedor al momento de un sonoro revés. Me fui a dormir, con toda la bronca encima, y le velador encendido toda la noche, dejando estampada la figura el “Che”, estampada a lo largo del techo.

Soñé con “Loli”, extrañamente me lanzaba como sobre un tobogán por entre sus dientes, en una sonrisa gigante y después me zambullía en mares de retina, hasta llegar a la isla de sus ojos y reposar al fin en su mirada. Después y solo después me estremecí, encallado en el arco del puerto de su cintura.

Pasaron dos semanas hasta que la volví a ver. Yo estaba en al esquina del colegio con algunos compañeros. Ella vino por detrás de mí y me tapó los ojos con sus manos. Celebré la suavidad de su piel en silencio, absorbiendo la sensación hasta magnificarla.

Nos fuimos juntos, no había otra opción jamás podría haber entrado al colegio, estando ella tan cerca. Al partir sentía en la espalda un balcón de malvones, con la mirada  prendida de todos mis amigos.

Caminamos por Callao. El sol entraba de prepo por entre los edificios. Hablando de cosas sueltas, llegamos hasta Córdoba y bajamos hasta la Plaza de la Facultad. Armamos un collage de sol emparchando los pedazos en el cuerpo. Una de esas hebras dibujó un par de margaritas en sus ojos. Un lago transparente donde me perdí, ahogándome en su interior, recorriendo su cuerpo por dentro, hasta que ella achicó los labios y me sopló en la cara, riéndose a boca abierta, como un chico en el circo. Acarició mi mejilla, por un rato sus ojos se apiadaron, apoyándose sobre los míos. Tomó mis manos entre las suyas, y cruzamos la calle Paraguay hasta la puerta de la Facultad de Medicina. Ella comenzó a subir los escalones, yo no pude.

¡Vamos, acompañame!, dijo ella mirando hacia mí. Dude, no quise decirle que mi hermana mayor estudiaba ahí, y que podría verme. -¡Vamos dale! Volvió a decir y yo no pude soportar su mano extendida, como un puente hacia sus ojos, un sueño despierto entre esta irrealidad de pasillos y cátedras mugrientas.

Corrimos carreras entre los pasillos y las escaleras hasta llegar al segundo piso. Ella me beso en el descanso, tan cerca de mis labios, que por un momento una luz de su saliva irrumpió en mi boca, llenándola de vida. Después sonrió, como siempre y otra vez crucé entregado el puente de sus manos extendidas. Ella se asomó por una puerta entreabierta, yo flameaba tras ella, como una hoja de diario, prófuga en la calle del viento.

Abrió la mochila, sacó una bandada de panfletos monocordes. En un rato, se juntaron una buena cantidad de personas en su derredor. Ella habló muy segura, con cada uno y respondió algunas preguntas. En mi mano reposaban otra partida de panfletos. Resaltando esa figura, un puño a medio cerrar con dos dedos abiertos, figurando la victoria, iluminando la palabra “Montoneros”.

Confieso, que tuve ganas de salir corriendo. Lo grande que quedaba solamente esa palabra y su significado en mis manos. Ella enseguida se dio cuenta. Me guiñó un ojo, y tomó los panfletos, dejando que sus manos resbalen sobre las mías. Los repartió prolijamente y se despidió.

Bajamos las escaleras en silencio, sin ese bullicio de la entrada, como que algo raspaba.

Ya en la calle un patrullero dejaba marcas azules y celestes en el aire, parecía volar sobre el asfalto de la calle Paraguay. Ella tomó mi mano con más fuerza, sus dedos largos se amontonaban entre la transpiración y el roce de la piel. Caminamos hacia otra dirección, ella tenía algo distinto en su mirada, que yo no había visto nunca.

Al fin en Rodríguez Peña y Alvear, nos subimos, casi colgados, al colectivo, creo que era de la línea ciento cincuenta.

Acompañame hasta mi casa, tomamos algo, me cambio y volvemos para tu barrio, dijo ella. Imposible negarme, después entre el vaivén del colectivo y mis ansias de estar cerca de ella, me dormí sobre su hombro. El calor de su aliento se disipaba entre mi pelo. Y ahora se que podría haberme quedado tola vida, aunque tal vez y desde acá, esa pequeña porción de tiempo fue una buena parte de mi vida.

Bajamos del colectivo, estoy seguro que era Pompeya. El puente ahí, expuesto como un dinosaurio oxidado, ahogando el paisaje de la tarde.

Cruzamos la avenida Sáenz y en un par de cuadras, finalmente ella se detuvo. Volvimos hacia atrás unos metros y esperamos en una vereda con lunares de baldosas faltantes. Pasó justo un colectivo y ella de un tirón me llevó hasta una puerta verde. Entramos sin que nadie nos viera aprovechando el telón rodante.

Corrí tras ella en un largo pasillo, siguiendo el galope de sus cabellos sobre los hombros. La casa estaba oscura, cuando el eco de la puerta anunció ronca nuestra entrada. Olía a sándalo fresco.

  • Ahí está la cocina –dijo Loli- ¿preparás unos mates?
  • Si dale pero… amargos.-conteste-
  • ¡si fantástico! Contestó- sacándose la campera.

Al rato escuché el canto de la ducha sobre la bañera. Un par de imaginaciones rodaron directas desde mi mente, instalándose sobre el resto del cuerpo por un buen rato.

Ella llamó desde el baño preguntando por el mate. Entre al baño, golpeando suavemente la puerta, tenía un toallón envolviendo su cuerpo. Los cabellos mojados, como largos tentáculos abrazando su piel.

Debo haberme puesto de todos colores. Ella enseguida agarró el mate y con la otra mano acarició mi cabeza. No tengas vergüenza- dijo- y yo que era lo más cerca que estuve de una mujer. Me dejé llevar hasta su pieza, entre las sombras de su perfume que se colgaba de todos lados. Atrás como un chico que va de paseo con sus padres.

Al rato mi boca se inundó  de la suya y su lengua revoloteó con la mía, amalgama de saliva, como abejas sobre el polen de alguna flor. Reí y lloré todo al mismo tiempo, sobre la “V” de sus piernas abiertas. Reluciendo como aquel panfleto entre mis manos.

Tengo alquilada en mi memoria, cada porción de su piel. No se como llamar lo que hicimos, talvez porque no me atreva, o no pueda con palabras ya inventadas, explicar alguna de las sensaciones.

Después respiré sobre la espalda el perfume de su piel, hasta llegar al Ecuador de su cintura, donde reinaba una sirena tatuada, emergiendo desde un espolón de flor de loto y luego se entregaba mansa al salobre yugo de mi saliva inquieta.

Nada tiene explicación, ni tampoco la busco. Ni siquiera la presencia de “Gúru” en la esquina de mi casa.

Yo tenía en la cara, instalada la mesa del domingo, abundante de ravioles y felicidad momentánea. Sin embargo a él pareció no importarle. Ceño fruncido, las cejas como si fuera un águila presto al ataque. Puso su mano sobre mi pecho como tomando distancia. Me sorprendió otra vez el ceño, marcado por un puñal imaginario.

  • ¡Pibe, se terminó el domingo! Dijo él.

No entendía nada y no supe que contestar.

No te hagas el “bobo” y escuchá bien lo que te voy a decir, dijo El Gúru, tomándome por el saco a la altura del cuello. No vuelvas a ver a “Loli”, ni tampoco te asomes por la plaza. Pero… (Interrumpí). Callate y escuchá, dijo él apretando casi hasta ahogarme. Todavía no se porque estoy haciendo esto, se que puedo arrepentirme en cualquier momento, o me estaré poniendo viejo, o talvez me caes bien “carajo” y yo…

Basta, mejor no salgas de tu casa por algunos días, ni siquiera para ir al colegio. ¿Entendiste bien?

¡Me importa un carajo! Lo que vos…no alcance a terminar la frase. Me partió la boca de un revés, al mismo tiempo que abrió el cierre de su campera y me dijo: ¿ves esta pistola? Es la próxima que te va a decir algo. ¿Ahora lo entendés? Andate para tu casa y no te atrevas a salir. Te voy a estar esperando, es por tu bien.

No seas ¡boludo! Pendejo. No es por la “minita”, no quieras saber más, rajá de acá.

Entré a casa, después de un buen rato, seguía temblando, miedo, odio, bronca tal vez, o una buena porción de cada cosa. La boca todavía manchada por una ilusión de cielo de cuarenta minutos. Me encontré absurdamente niño frente al espejo. Con esa sensación de estar en la cola equivocada otra vez.

Al rato zafé de la marca del viejo, justo cuando empezaba el noticiero. Caminé hacia la plaza, evitando hasta mi sombra.

 Oscura noche de invierno en Buenos Aires, de golpe parece que la gente se agusana, enterrándose hasta la primavera. Todo se llena de un silencio gris y la calle misma pierde su eco natural. Solo se intuyen algunos ojos y oídos, detrás de las sombras de las persianas.

Gúru la tenía agarrada del brazo, como quien tiene una bolsa que no quiere perder. Primero el sonido, después el azul del patrullero pintando al noche de azul fosforescente. Llevando una estela de fantasmas prendida del baúl.

Yo estaba en un pasillo, acalambrado de sombras en la vereda de enfrente. Las primeras persianas dejaban entrever, seguramente alertadas por la sirena, unas finas hebras e baba amarilla, entre murmullos inquietos.

Una mano como la muerte la traía colgada del pelo, entre patadas y otros golpes, atraída al asiento trasero del patrullero, convertido en arbitrario centro de la tierra, abusando de su atracción. En medio del dolor, un eco de vida se le escapó en un gesto, que más tarde se ensañó con mi memoria.

Metido debajo de una auto, no supe que hacer. El miedo se cuajó en mi cuerpo, espantando cualquier atisbo de reacción. Me despertaron los gatos un tiempo después, cuando la noche se vestía con ese lánguido gris de mañana nueva, con todo el viento dueño de mi cuerpo.

Salí sucio y pesado, con la herencia reciente de no haber hecho nada. Su sangre en la calle le daba vida a un pedazo circular de asfalto, una escarapela bordada en un hermoso bermellón. Toqué la sangre seca intentando un exorcizar alguna pena, y fue como si yo la hubiera tomado del pelo, y metido de prepo en mi vida. Un gólgota de barrio, improvisado en un costado de la calle Argerich.

Después todo desesperación en mis diecisiete años, que se fueron yendo, hasta dejarme solo como un chico perdido en la playa.

No volví a mi casa. Caminé toda esa mañana, atado inútilmente a la ilusión de pensar, que todo había sido un mal sueño que… imposible, todavía estoy temblando y más allá el reflejo azulado de la noche y cientos de persianas en algunos otros barrios, dejando escapar todas al mismo tiempo, hilos delgados de avena dorada.

¿Por qué no salen? ¿Por qué no salimos todos? ¿Acaso pensamos que los “falcon” son interminables? Despertemos, que no alcanzan para todos.

¡Pero que hago! Hablo y gesticulo entre apariciones, mientras se asoman los primeros ruidos de la calle, sedientos de que alguien los escuche.

Baje por la calle Nazca, deshilachada entre cientos de calles que la cercenan hasta llegar a la avenida Rivadavia, una anaconda de asfalto, dividiendo de un solo tajo a la ciudad.

Era uno de los clásicos jueves de agosto, nada de magia, todo absurdamente cruel y blanco. Demacrando aún más los rostros en los afiches de pasta dental.

Las caras de la gente fruncidas por el frío como pasándose una piedra por los nudillos. Llegué hasta avenida La Plata y esperé a “Pepe” en la parada del “26”. No quise ir hasta su casa, me planté en la esquina, aguantando como podía el temblor en las piernas, no me dolía el cuerpo, o los huesos, era la vida que se empacaba en mostrarme a la felicidad igual que una “puta”. Si tenés plata es toda tuya, sino sigue largo, así de utópica e inalcanzable en medio de toda esta barbarie.

Lo ví bajar del colectivo, después de una larga espera, lo alcancé entre medio de la gente casi llegando a Quintino Bocayuva.

  • ¿Qué haces acá? Preguntó “Pepe” sorprendido. ¡tu “viejo”! estuvo en el colegio preguntando por vos.
  • No puedo volver a casa “Pepe”, es más tengo que irme lejos, y no se por donde.
  • ¿Pero que pasó? ¿Es tan grave Pablo?
  • Mejor no te cuento nada, puede ser bastante peligroso y la verdad no quiero complicarte.
  • ¿Flor de quilombo no? Dijo Pepe en medio de una sonrisa, que al instante se desfiguró en una mueca sorda. ¿Es por la mina no?
  • Pepe, vos sos mi amigo y si tal vez fuera por ella…
  • No pará, no sigas, dijo. Tenés razón, vos, sos como mi hermano, estoy con vos y no me importa cuál es el problema. Nos abrazamos, como cuando éramos chicos y nos dejábamos de ver por un tiempo.
  • ¿Comiste? Pregunto al rato, separándose un poco y sin importar que la gente nos mirara.
  • No, la verdad es que no tengo ganas. Le dije mientras me limpiaba la cara.
  • No se habla más dijo Pepe, vamos a casa. Vos sabes como te quiere mi “vieja” y de “morfar” siempre vas a tener.
  • No Pepe, no puedo ir a tu casa, no debo comprometer a nadie más. Lo mejor sería salir del país mientras pueda.

Hubo un largo silencio, esos que se instalan y que después cuesta mucho quebrar, parece que las palabras te quedan cortas, y otras como que sobran, pero definitivamente ya lo tenés entre la piel.

  • ¡Ya sé! Dijo Pepe un rato después ¿te acordás del tipo del chivo en Uruguay?
  • ¿Quién Álvaro? Pregunte.
  • Si ese mismo, yo todavía me sigo carteando. Estoy seguro que no va a tener problemas en recibirte. Si esperás al fin de semana, yo te acompaño.

Mirá Pepe, yo se que vendrías conmigo hasta el fin, pero soy yo el que no quiere. Vos estás solo, y tu vieja te necesita hermano. Y la verdad que otra muerte me pesa.

Te pido el último favor, esperá unos días, hablá con mi viejo y decile cualquier cosa, que fui al interior,  que mi novia está embarazada, lo que se te ocurra, depuse de un tiempo veré como me las arreglo para decirles algo.

Bajamos al subte, Pepe y yo, no volvimos a hablar hasta que salimos en la estación Congreso. Ahí Pepe me dio un fajito de plata enrollado, como un macarrón arrugado y sucio. Me trepé al colectivo, y lo salude desde la ventanilla. Ambos supimos en ese momento, que nunca nos volveríamos a ver.

Arriba del “60” y Congreso al Tigre, un triste letargo en primera y segunda marcha, a veces tercera. Arranca y se detiene cada doscientos metros, vendedores de alfajores baratos conviviendo con esta maldita sensación de ausencia, de soñar entre golpes de baches. Caminando agarrado por el pasamanos de tu sonrisa. Bajando por la delicia de tu cuerpo, bebiendo de tu miel de a ratos, y tus quejidos quebrando la resistencia de mis oídos. Después un bálsamo de nubes, aplacando un cielo de mil estrellas.

Ahí al frente el puerto del Tigre, un barco como una hoja de diario perdida en el cordón de la vereda. Subo a la lancha sin nadie a quien despedir. Tiro al agua el último paquete de ilusiones y dejo atrás un adiós forzado y tremendamente inútil.

Duermo de a ratos, teniendo como equipaje un atado de mareos y vómitos, que alguien paciente mente se encarga de limpiar.

Una, dos, seis, o cien horas, es exactamente lo mismo, no hay tiempo, ahuecado entre la ventanilla y los mareos. El puerto de Carmelo, ahí adelante como una foto instantánea, sacada sin preparar, así de golpe en crudo.

Deambulo un rato, sin alma, por el pequeño puerto. Un pañuelo gris y triste rodeado de agua espesa.

La noche se deja ver a través de mi cuerpo, proyectando sombras fastidiosas en rededor. Si hasta en un látigo de segundo, pude ver tu brazo de sombra enredado en  mi cuello, hasta que tu grito de muerte en mi memoria lo espantó muy lejos.

Caminé por la ruta a casi trescientos kilómetros de Montevideo. Hace frío por dentro, solo un atisbo de calor en un lamido de recuerdo, fascinado en el altar de tu ombligo. Un bocinazo al rato, actuó de puente con la realidad. El camión se detuvo algunos metros más adelante.

  • ¿Estas borracho “botija”?. Dijo el chofer.
  • ¡No, estaba pensando! me anime a decir, a modo de excusa.
  • ¡Tenés suerte! Dijo él, el último que encontré pensando en esta ruta, me manchó de sangre todo el paragolpe. ¡eso si! Continuó, cuando pasó por abajo me dejó el carter ¡bien limpito!
  • Era una joda, no te preocupes. ¿Adonde vas?
  • A Montevideo, dije con una media sonrisa,
  • ¡Subí, dale que te llevo!

La trompa de sapo redondeada del “Besford” rezongaba cuando pasaba los ochenta por hora y el camino ahí delante tapizado de un negro espanto. Animando a acurrucarse en un costado y calentar las manos en algún recuerdo. Al rato dibujé el mapa de tu boca contra mi aliento en la ventanilla. Toco tu boca… dije para mí, como si fuera  el “Oliveira” de “Rayuela”… y por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja… repetí ese fragmento al menos tres veces, recostado ahora si, en tus labios de fantasma.

Desperté contra un semáforo naranja, asomando por el piso del cielo con un halito de furia, entrecortado por un celeste lavado. Dejé que armara un rompecabezas en mi cuerpo, a través de la ventana. Embadurnando o talvez  imaginando tu perfume entibiando mi mañana, mojándome los pies en la costa de tu mar de espaldas. Admirando en el horizonte un cielo de lunares y no este amanecer oxidado, entre líneas blancas sobre un asfalto de piel gris. Tal vez la barbarie se cuelgue algunos años más en la Argentina, ¿será necesaria? ¿O tal vez toda esa violencia contribuya solamente a beneficiar algunos pocos en el norte? Todavía  escucho tus gritos y ese gesto de encontrarme con tus ojos en el último anuncio de vida y yo mucho más muerto que vos. Temblando debajo de un auto miserable. No tuve tiempo de preguntarme ¿Cómo sería despertar a tu lado? O jugar escondidas con la sirena en la curva de tu cintura y glorificar tu cuello en una ofrenda de besos mojados. Después ser barrilete y volar en  tu sonrisa y extasiado anunciarme azul, desde la luz de tu mirada.

Ignoro tu aliento de mañana reciente. El calor de tu piel recién despierta o el suave aleteo de tus cabellos contra la tarde de río y viento norte.

Lo único que no ignoro es esta desesperación de amaneceres blancos, de no vislumbrar una salida en futuro cercano. Desde que el motivo para seguir es solamente el deseo de volver a encontrarte y esperar a que no seas fantasma, manteniendo abierta esa grieta por donde escucho tu sonrisa de mate amargo y bizcochos. Haciéndonos viejos, lejos de este tiempo feroz. Sin embargo ahora desabrocho esta sensación de estar cada vez más lejos tu vida y mucho, pero mucho más cerca del anuncio de mi muerte.

“Casi siempre cuando el sueño se instala del lado de acá, y mis manos empiezan a entibiarse sobre el timón de tu cintura, persigo despiadado a la sirena hacia su norte azul. Me veo al rato coronado entre las nubes de tu cielo diosa. Después cundo te pierdo, me persigo, no como el fantasma de un hombre sino como un “hombre fantasma” encarcelado desde dentro del cristal de mis ojos”.

© Alejandro Crimi.