Siempre tengo esos grillos perdidos en la cabeza
Siempre tengo esos grillos perdidos en la cabeza,
algunas veces cantan, pero otras reclaman, ahí si que se
pone bravo, enseguida se abre el ropero, llenos de heridas
sangrantes que bajan de a una y se amontonan en los ojos,
del lado de adentro y están con vos hasta nuevo aviso. Así
colgada de una percha se apareció “La Loli”, ahora
descubro que nunca supe su verdadero nombre, además ese
le quedaba tan bien, que nunca me atreví a preguntar por
el otro, algunas veces por temor a que fuera desagradable
y otras porque esa mirada de café dulce merecía
definitivamente llamarse “Loli”.
La conocí una tarde en la plaza “Martín Rodríguez”.
Ella estaba sentada con untito de pelo largo y pantalones
a rayas acampanados, como todos en el `77. Las luces de la
plaza empezaban a asomar y nosotros en la parte central
jugando el clásico, yo con la cinco en la espalda, Edu
pidiendo la bola a gritos, Jorge haciendo gestos
desesperados de soledad, y yo ahí, el pie abierto para el
chanfle perfecto, la pelota comenzando a deslizarse por el
mágico envión, dando pequeños saltos, como sacudiéndose
le polvo de ladrillo, y enseguida empezar a volar, corto
primero y después elevarse por
sobre el arco imaginario, Diosa pagana del cuero
deshilachado, dueña del aire, hasta caer justo sobre las
piernas de Loli.
Debe haber sido la primera vez que no discutí,
empecé a caminar para rescatar a la diosa. Yo tenía los
diecisiete pegados en una manifestación de granos debajo
de los pómulos y ojeras como telones viejos. Él se paró,
pero yo solo veía a “Loli”. Ella tenía los ojos
celestes, casi velados, como detrás de una pantalla,
aunque para mí, eran marrones y ojo que digo marrones y
no pardos que es muy distinto. Yo los miraba como un par
de caramelos de dulce de leche, calidos, húmedos y además
iluminando esa sonrisa a diente abierto, que parecía que
le quedaba chica la boca. Recién después lo miré a él,
melena negra, bigotes anchos y todo el ropero encima. La
verdad es que me llevaba como dos cabezas de alto, y
encima la pelota se acurrucaba mansa bajo la zurda, el
faso entre los dientes y los ojos medio achinados por el
humo, le daban un aspecto de alguno de esos extras de películas
de chinos. Enseguida y sin bajar el pie de la bola, tomó
el cigarrillo entre los dedos y me dijo:
·
¿Oime, vos sos manya
o bolso?
·
¡Con esta cara y en
esta parte del barrio (dije apurado) no puedo ser otra
cosa que manya!, ¡tengo la cara negra del polvo y los
dientes amarillos! ¿ves?
·
¡Perdiste (dijo) como
sorprendido por mi respuesta, yo soy de Nacional, y a los
de Peñarol, no los quiero ver ni dibujados!
Enseguida con la punta del zapato invitó a la
pelota a subir a su pie y desde ahí la zurda se difundió
en el aire y otra vez la diosa voló por sobre todas las
cosas y cayó más allá tras una curva que parecía hecha
con transportador.
·
¡mejor suerte la próxima
y vamos los manya! (dijo)
Le contuve un rato la mirada, con la inconciencia
prendida de mi sangre, la miré a Loli que todavía sonreía
y fui llevando mi espalda encima, que parecía enorme, no
tanto por el peso, solo por el hecho ahora menos
inconsciente de haberle aguantado la mirada a ese “boncha”.
El partido siguió un rato más, pero no para mi,
ya no pude volver, definitivamente mi cabeza estaba
atravesada en esa sonrisa, si hasta podía oler el perfume
de su pelo, descendiendo por mi pecho, abrigándose del
frió entre mi cuerpo. Me quedé solo un rato largo
sentado en un banco, sin escuchar a mis amigos, que se
iban yendo, y yo unido a ese banco helado, con cierres de
relámpago indestructibles. Tenía los ojos pegados a su
figura, con esa locura adolescente, de pensar que ella en
cualquier momento, dejaría de estar con él. Solo para
venir hacia mí, y sanarme la rodilla, que asomaba
sangrante como una luz de stop.
El frío empezaba a no resistir el engaño de la
ropa. Las hojas del piso volaban, disfrazadas de
serpentina de un solo color. Empecé a caminar por entre
las sombras de los árboles, creo que hasta que hasta la
misma plaza no resistía tanta soledad, de viento rojizo.
Reviviendo en vano hojas muertas hace algún tiempo. Y
esas luces pobres, embadurnando todo el ambiente de una
niebla amarilla
Las piernas me arrimaban a mi casa, hasta que la
mente no se abstuvo de opinar, y fui derecho hacia donde
estaban ellos. Tenía que ver esa sonrisa otra vez, y con
un poco de suerte, tal vez alguna mirada perdida.
·
¿Uh, mirá quién viene por ahí?, dijo él, como para que yo escuchara.
·
¡Vení Manya! ¡dale no seas tímido vení!
Confieso ahora que tuve un poco de miedo, pero
ella, aún sentada, me regaló un guiño cómplice, atreviéndose,
osada, a cerrar por un momento los ojos. Y yo me entregué,
caminé hacia ella, como si estuviera
sobre una cinta mecánica. Preñada mi vista a un
asomo de su sonrisa.
- ¡Ella
es Loli! Dijo él, trayéndome de golpe a este pedazo
de tierra
- ¡Yo
soy Gúru! ¡Manya hasta la muerte!, y continuó, con
un gesto de ponerse la mano de canto en la cara, y
hablar así como para que me entere yo solo.
- ¡Yo
me llamo Pablo!, algunos de mis amigos, me dicen ¡gringo!,
comente, con algún resabio de temor todavía en la
piel.
- ¿Vivís
por acá? Preguntó “Loli”.
Ahí fue cuando perdí todo contacto con la
realidad. El sonido de su voz recorrió mi cuerpo, instalándose
como un virus en mi sangre, enredándose en cada tendón.
- Si,
a cuatro cuadras, bajando por la calle Habana. Dije yo
después de recuperarme.
- Decime
“gringo”, dijo el Gúru, ¿Cómo cuernos sabés
algo de Peñarol?
- Me
crucé al Uruguay para ver a Boca por la Libertadores.
Contesté
- ¿Qué
vas a ir? ¿Al Uruguay? No te creo, dijo Gúru.
- ¡Pero
es verdad!, fui con mi amigo “Pepe”.
- ¡Dale
no jodas botija!
- Si
queres te cuento...
dije sacando pecho
El partido era el miércoles, Pepe y yo salimos el
lunes anterior. Resulta que cuando llegamos a Montevideo,
estábamos sin un centavo. Entonces quisimos entrar al
Centenario, junto con la hinchada. Y la policía,
amablemente nos convenció de la dureza de sus palos.
- ¡Ah
entonces, comprobaste la nobleza del roble Uruguayo!
- ¡Si,
no sabes de que forma!
Corrimos por la avenida Italia, estableciendo el
record amateur, para los cien metros. Al rato paramos,
para guardar a los pulmones, que venían algunos metros más
atrás.
Ahí nomás había un camioncito de soda, como
agusanado a un costado de la calle. El tipo nos preguntó
si podíamos ayudarlo, después de todo no teníamos otra
cosa para hacer. Así que… a la cuadra y media, meta
empujar, hasta que de un bramido gris, el “chivo”
arrancó con un prepoteo de cilindro lavado y olor a nafta
hasta en los pies.
El tipo sacó valientemente la mano por la
ventanilla y se despidió con una nube blanca que se
escapaba enseguida hacia el cielo.
- ¿No
me digas que el tipo no paró? Preguntó Loli
- ¡Esperá
un poco no seas apurada! Dijo Gúru con gestos
ampulosos.
Estábamos muertos, continué, pidiendo el cambio
urgente. Nos sentamos sobre el cordón de la vereda, los
dos casi en la misma pose, mirando fijo, ese hilo sucio de
agua marrón, que pasaba raudo debajo de nuestros pies.
No tengo idea el tiempo que estuvimos sentados, al
rato un bocinazo, nos hizo levantar la vista. El chivo
verde, se mostraba compuesto, orgulloso marcando los
cuatro tiempos del motor. El tipo sacó medio cuerpo por
la ventanilla y
dijo: ¿Qué hacen acá, no van a entrar a la cancha? Se
nos complicó con los palos, dijimos juntos, casi al mismo
tiempo.
¡Vengan conmigo!, dijo el chofer muy seguro.
- ¡Viste
que tenías que esperar! Dijo Gúru a Loli. ¡Dale vos
seguí Pablo!
Nosotros subimos al camioncito, casi antes de que
termine de halarnos, Pepe se sentó en el medio, y yo
contra la ventanilla, regada de la resolana que desbordaba
la Avenida Italia.
¡Hay un pequeño problema! Dijo al fin el hombre.
La cosa fue que tuvimos que ver el partido desde la
tribuna local, en medio de la barra de Peñarol. Así
sufrimos el partido. Aunque cuando llegamos a Buenos
Aires, les confieso que ya éramos “Manya”. Pero sin
traición a Boca, porque del otro lado, honestamente, nos
pareció que estábamos con los mismos pibes de todos los
domingos en la “Bombonera”.
- ¿imagino
que se habrán quedado en silencio? Preguntó con una
sonrisa el “Gúru”.
- La
verdad es que tuvimos que improvisar algunas letras. Y
cantábamos así con la boca a medio abrir, como
cuando cantábamos el himno en la “primaria” ¡viste!
“Loli” se rió con ganas, dejando escapar un
coro gutural de mariposas andariegas.
- ¿Venís
seguido a la plaza? Preguntó el “Gúru”
Todas las veces que puedo, contesté. El colegio
me aturde, y llego a casa, cerca de las ocho de la noche.
Y honestamente a esa hora, no queda ni el polvo de
ladrillo de las sendas.
Por un momento rieron juntos, casi a coro. Bueno
ahora anda para tu casa, que ya es bastante tarde. Gúru
se acercó y me pasó la mano por la espalda en un gesto
casi de cariño. Ella se acercó y me dio un beso en la
mejilla.
Mi corazón empezó a pedir aire, como si tuviera
un carburador de doble boca. Él se dio cuenta y me volvió
a palmear. Recién ahí empecé a camina, después de
saludarlos, levantando la mano en un gesto bastante torpe.
Entibiada solo una parte de mi cuerpo, que como un
mancha de humedad empezaba a ganar el resto de las paredes.
¡Pablo! Dijo Loli, yo me dí vuelta como
congelado, ella cruzó la calle y me tendió la mano. Tomá,
dijo, esto es para vos.
Le di las gracias y seguí cruzando, hice un rollo
del papel, que ella me entregó. No pude mirarlo,
entusiasmado con ese saldo de luz en sus ojos, que
bastaban para iluminar mi día.
Después de un rato, lo abrí, era una figura del
“Che”, esas que al pasar la luz, se estampan gigantes,
contra la pared o el techo. La guardé entre mis ropas,
casi escuchando en voz alta, las recomendaciones de la “vieja”:
“Nene, no se te ocurra levantar nada del piso. La otra
vez me dijo “La Nelly” que un señor que conoce al
sobrino de don “Cholo”, levantó una lapicera del piso
y explotó una bomba, te imaginás, quién habrá limpiado
todo ese enchastre de tripas”.
Enseguida me pareció verle arquear las cejas,
contra el cielo de la tarde y seguir con el relato: “Tené
cuidado con los vendedores de manteles, esos que te tocan
el timbre ¿viste?, dentro del paquete te dejan palta para
que después vos tengas que recibir a los terroristas en
tu casa”.
Me reí solo durante un buen rato, hasta que al
llegar a la esquina el perro del ortiva de “Carlos” me
corrió por un par de veredas.
Llegué a mi casa. La “Vieja” no preguntó
nada. El “Nonno” y el “Viejo” deglutían, el
noticiero de las ocho de la noche, sentados ten cerca, que
parecían periodistas invitados. La “Nonna” me pasó
la mano por la cabeza, como siempre lo hacía y enseguida
me trajo un sanguche, esos de los que solo sabía hacer
ella.
Me fui a dar una ducha, hasta que mi hermana mayor,
convocó a la familia para que me saque del baño. Salí
puteando en ocho idiomas y me hice acreedor al momento de
un sonoro revés. Me fui a dormir, con toda la bronca
encima, y le velador encendido toda la noche, dejando
estampada la figura el “Che”, estampada a lo largo del
techo.
Soñé con “Loli”, extrañamente me lanzaba
como sobre un tobogán por entre sus dientes, en una
sonrisa gigante y después me zambullía en mares de
retina, hasta llegar a la isla de sus ojos y reposar al
fin en su mirada. Después y solo después me estremecí,
encallado en el arco del puerto de su cintura.
Pasaron dos semanas hasta que la volví a ver. Yo
estaba en al esquina del colegio con algunos compañeros.
Ella vino por detrás de mí y me tapó los ojos con sus
manos. Celebré la suavidad de su piel en silencio,
absorbiendo la sensación hasta magnificarla.
Nos fuimos juntos, no había otra opción jamás
podría haber entrado al colegio, estando ella tan cerca.
Al partir sentía en la espalda un balcón de malvones,
con la mirada prendida
de todos mis amigos.
Caminamos por Callao. El sol entraba de prepo por
entre los edificios. Hablando de cosas sueltas, llegamos
hasta Córdoba y bajamos hasta la Plaza de la Facultad.
Armamos un collage de sol emparchando los pedazos en el
cuerpo. Una de esas hebras dibujó un par de margaritas en
sus ojos. Un lago transparente donde me perdí, ahogándome
en su interior, recorriendo su cuerpo por dentro, hasta
que ella achicó los labios y me sopló en la cara, riéndose
a boca abierta, como un chico en el circo. Acarició mi
mejilla, por un rato sus ojos se apiadaron, apoyándose
sobre los míos. Tomó mis manos entre las suyas, y
cruzamos la calle Paraguay hasta la puerta de la Facultad
de Medicina. Ella comenzó a subir los escalones, yo no
pude.
¡Vamos, acompañame!, dijo ella mirando hacia mí.
Dude, no quise decirle que mi hermana mayor estudiaba ahí,
y que podría verme. -¡Vamos dale! Volvió a decir y yo
no pude soportar su mano extendida, como un puente hacia
sus ojos, un sueño despierto entre esta irrealidad de
pasillos y cátedras mugrientas.
Corrimos carreras entre los pasillos y las
escaleras hasta llegar al segundo piso. Ella me beso en el
descanso, tan cerca de mis labios, que por un momento una
luz de su saliva irrumpió en mi boca, llenándola de vida.
Después sonrió, como siempre y otra vez crucé entregado
el puente de sus manos extendidas. Ella se asomó por una
puerta entreabierta, yo flameaba tras ella, como una hoja
de diario, prófuga en la calle del viento.
Abrió la mochila, sacó una bandada de panfletos
monocordes. En un rato, se juntaron una buena cantidad de
personas en su derredor. Ella habló muy segura, con cada
uno y respondió algunas preguntas. En mi mano reposaban
otra partida de panfletos. Resaltando esa figura, un puño
a medio cerrar con dos dedos abiertos, figurando la
victoria, iluminando la palabra “Montoneros”.
Confieso, que tuve ganas de salir corriendo. Lo
grande que quedaba solamente esa palabra y su significado
en mis manos. Ella enseguida se dio cuenta. Me guiñó un
ojo, y tomó los panfletos, dejando que sus manos resbalen
sobre las mías. Los repartió prolijamente y se despidió.
Bajamos las escaleras en silencio, sin ese
bullicio de la entrada, como que algo raspaba.
Ya en la calle un patrullero dejaba marcas azules
y celestes en el aire, parecía volar sobre el asfalto de
la calle Paraguay. Ella tomó mi mano con más fuerza, sus
dedos largos se amontonaban entre la transpiración y el
roce de la piel. Caminamos hacia otra dirección, ella tenía
algo distinto en su mirada, que yo no había visto nunca.
Al fin en Rodríguez Peña y Alvear, nos subimos,
casi colgados, al colectivo, creo que era de la línea
ciento cincuenta.
Acompañame hasta mi casa, tomamos algo, me cambio
y volvemos para tu barrio, dijo ella. Imposible negarme,
después entre el vaivén del colectivo y mis ansias de
estar cerca de ella, me dormí sobre su hombro. El calor
de su aliento se disipaba entre mi pelo. Y ahora se que
podría haberme quedado tola vida, aunque tal vez y desde
acá, esa pequeña porción de tiempo fue una buena parte
de mi vida.
Bajamos del colectivo, estoy seguro que era
Pompeya. El puente ahí, expuesto como un dinosaurio
oxidado, ahogando el paisaje de la tarde.
Cruzamos la avenida Sáenz y en un par de cuadras,
finalmente ella se detuvo. Volvimos hacia atrás unos
metros y esperamos en una vereda con lunares de baldosas
faltantes. Pasó justo un colectivo y ella de un tirón me
llevó hasta una puerta verde. Entramos sin que nadie nos
viera aprovechando el telón rodante.
Corrí tras ella en un largo pasillo, siguiendo el
galope de sus cabellos sobre los hombros. La casa estaba
oscura, cuando el eco de la puerta anunció ronca nuestra
entrada. Olía a sándalo fresco.
- Ahí
está la cocina –dijo Loli- ¿preparás unos mates?
- Si
dale pero… amargos.-conteste-
- ¡si
fantástico! Contestó- sacándose la campera.
Al rato escuché el canto de la ducha sobre la bañera.
Un par de imaginaciones rodaron directas desde mi mente,
instalándose sobre el resto del cuerpo por un buen rato.
Ella llamó desde el baño preguntando por el
mate. Entre al baño, golpeando suavemente la puerta, tenía
un toallón envolviendo su cuerpo. Los cabellos mojados,
como largos tentáculos abrazando su piel.
Debo haberme puesto de todos colores. Ella
enseguida agarró el mate y con la otra mano acarició mi
cabeza. No tengas vergüenza- dijo- y yo que era lo más
cerca que estuve de una mujer. Me dejé llevar hasta su
pieza, entre las sombras de su perfume que se colgaba de
todos lados. Atrás como un chico que va de paseo con sus
padres.
Al rato mi boca se inundó
de la suya y su lengua revoloteó con la mía,
amalgama de saliva, como abejas sobre el polen de alguna
flor. Reí y lloré todo al mismo tiempo, sobre la “V”
de sus piernas abiertas. Reluciendo como aquel panfleto
entre mis manos.
Tengo alquilada en mi memoria, cada porción de su
piel. No se como llamar lo que hicimos, talvez porque no
me atreva, o no pueda con palabras ya inventadas, explicar
alguna de las sensaciones.
Después respiré sobre la espalda el perfume de
su piel, hasta llegar al Ecuador de su cintura, donde
reinaba una sirena tatuada, emergiendo desde un espolón
de flor de loto y luego se entregaba mansa al salobre yugo
de mi saliva inquieta.
Nada tiene explicación, ni tampoco la busco. Ni
siquiera la presencia de “Gúru” en la esquina de mi
casa.
Yo tenía en la cara, instalada la mesa del
domingo, abundante de ravioles y felicidad momentánea.
Sin embargo a él pareció no importarle. Ceño fruncido,
las cejas como si fuera un águila presto al ataque. Puso
su mano sobre mi pecho como tomando distancia. Me
sorprendió otra vez el ceño, marcado por un puñal
imaginario.
- ¡Pibe,
se terminó el domingo! Dijo él.
No entendía nada y no supe que contestar.
No te hagas el “bobo” y escuchá bien lo que
te voy a decir, dijo El Gúru, tomándome por el saco a la
altura del cuello. No vuelvas a ver a “Loli”, ni
tampoco te asomes por la plaza. Pero… (Interrumpí).
Callate y escuchá, dijo él apretando casi hasta ahogarme.
Todavía no se porque estoy haciendo esto, se que puedo
arrepentirme en cualquier momento, o me estaré poniendo
viejo, o talvez me caes bien “carajo” y yo…
Basta, mejor no salgas de tu casa por algunos días,
ni siquiera para ir al colegio. ¿Entendiste bien?
¡Me importa un carajo! Lo que vos…no alcance a
terminar la frase. Me partió la boca de un revés, al
mismo tiempo que abrió el cierre de su campera y me dijo:
¿ves esta pistola? Es la próxima que te va a decir algo.
¿Ahora lo entendés? Andate para tu casa y no te atrevas
a salir. Te voy a estar esperando, es por tu bien.
No seas ¡boludo! Pendejo. No es por la “minita”,
no quieras saber más, rajá de acá.
Entré a casa, después de un buen rato, seguía
temblando, miedo, odio, bronca tal vez, o una buena porción
de cada cosa. La boca todavía manchada por una ilusión
de cielo de cuarenta minutos. Me encontré absurdamente niño
frente al espejo. Con esa sensación de estar en la cola
equivocada otra vez.
Al rato zafé de la marca del viejo, justo cuando
empezaba el noticiero. Caminé hacia la plaza, evitando
hasta mi sombra.
Oscura
noche de invierno en Buenos Aires, de golpe parece que la
gente se agusana, enterrándose hasta la primavera. Todo
se llena de un silencio gris y la calle misma pierde su
eco natural. Solo se intuyen algunos ojos y oídos, detrás
de las sombras de las persianas.
Gúru la tenía agarrada del brazo, como quien
tiene una bolsa que no quiere perder. Primero el sonido,
después el azul del patrullero pintando al noche de azul
fosforescente. Llevando una estela de fantasmas prendida
del baúl.
Yo estaba en un pasillo, acalambrado de sombras en
la vereda de enfrente. Las primeras persianas dejaban
entrever, seguramente alertadas por la sirena, unas finas
hebras e baba amarilla, entre murmullos inquietos.
Una mano como la muerte la traía colgada del
pelo, entre patadas y otros golpes, atraída al asiento
trasero del patrullero, convertido en arbitrario centro de
la tierra, abusando de su atracción. En medio del dolor,
un eco de vida se le escapó en un gesto, que más tarde
se ensañó con mi memoria.
Metido debajo de una auto, no supe que hacer. El
miedo se cuajó en mi cuerpo, espantando cualquier atisbo
de reacción. Me despertaron los gatos un tiempo después,
cuando la noche se vestía con ese lánguido gris de mañana
nueva, con todo el viento dueño de mi cuerpo.
Salí sucio y pesado, con la herencia reciente de
no haber hecho nada. Su sangre en la calle le daba vida a
un pedazo circular de asfalto, una escarapela bordada en
un hermoso bermellón. Toqué la sangre seca intentando un
exorcizar alguna pena, y fue como si yo la hubiera tomado
del pelo, y metido de prepo en mi vida. Un gólgota de
barrio, improvisado en un costado de la calle Argerich.
Después todo desesperación en mis diecisiete años,
que se fueron yendo, hasta dejarme solo como un chico
perdido en la playa.
No volví a mi casa. Caminé toda esa mañana,
atado inútilmente a la ilusión de pensar, que todo había
sido un mal sueño que… imposible, todavía estoy
temblando y más allá el reflejo azulado de la noche y
cientos de persianas en algunos otros barrios, dejando
escapar todas al mismo tiempo, hilos delgados de avena
dorada.
¿Por qué no salen? ¿Por qué no salimos todos?
¿Acaso pensamos que los “falcon” son interminables?
Despertemos, que no alcanzan para todos.
¡Pero que hago! Hablo y gesticulo entre
apariciones, mientras se asoman los primeros ruidos de la
calle, sedientos de que alguien los escuche.
Baje por la calle Nazca, deshilachada entre
cientos de calles que la cercenan hasta llegar a la
avenida Rivadavia, una anaconda de asfalto, dividiendo de
un solo tajo a la ciudad.
Era uno de los clásicos jueves de agosto, nada de
magia, todo absurdamente cruel y blanco. Demacrando aún más
los rostros en los afiches de pasta dental.
Las caras de la gente fruncidas por el frío como
pasándose una piedra por los nudillos. Llegué hasta
avenida La Plata y esperé a “Pepe” en la parada del
“26”. No quise ir hasta su casa, me planté en la
esquina, aguantando como podía el temblor en las piernas,
no me dolía el cuerpo, o los huesos, era la vida que se
empacaba en mostrarme a la felicidad igual que una
“puta”. Si tenés plata es toda tuya, sino sigue
largo, así de utópica e inalcanzable en medio de toda
esta barbarie.
Lo ví bajar del colectivo, después de una larga
espera, lo alcancé entre medio de la gente casi llegando
a Quintino Bocayuva.
- ¿Qué
haces acá? Preguntó “Pepe” sorprendido. ¡tu
“viejo”! estuvo en el colegio preguntando por vos.
- No
puedo volver a casa “Pepe”, es más tengo que irme
lejos, y no se por donde.
- ¿Pero
que pasó? ¿Es tan grave Pablo?
- Mejor
no te cuento nada, puede ser bastante peligroso y la
verdad no quiero complicarte.
- ¿Flor
de quilombo no? Dijo Pepe en medio de una sonrisa, que
al instante se desfiguró en una mueca sorda. ¿Es por
la mina no?
- Pepe,
vos sos mi amigo y si tal vez fuera por ella…
- No
pará, no sigas, dijo. Tenés razón, vos, sos como mi
hermano, estoy con vos y no me importa cuál es el
problema. Nos abrazamos, como cuando éramos chicos y
nos dejábamos de ver por un tiempo.
- ¿Comiste?
Pregunto al rato, separándose un poco y sin importar
que la gente nos mirara.
- No,
la verdad es que no tengo ganas. Le dije mientras me
limpiaba la cara.
- No
se habla más dijo Pepe, vamos a casa. Vos sabes como
te quiere mi “vieja” y de “morfar” siempre vas
a tener.
- No
Pepe, no puedo ir a tu casa, no debo comprometer a
nadie más. Lo mejor sería salir del país mientras
pueda.
Hubo un largo silencio, esos que se instalan y que
después cuesta mucho quebrar, parece que las palabras te
quedan cortas, y otras como que sobran, pero
definitivamente ya lo tenés entre la piel.
- ¡Ya
sé! Dijo Pepe un rato después ¿te acordás del tipo
del chivo en Uruguay?
- ¿Quién
Álvaro? Pregunte.
- Si
ese mismo, yo todavía me sigo carteando. Estoy seguro
que no va a tener problemas en recibirte. Si esperás
al fin de semana, yo te acompaño.
Mirá Pepe, yo se que vendrías conmigo hasta el
fin, pero soy yo el que no quiere. Vos estás solo, y tu
vieja te necesita hermano. Y la verdad que otra muerte me
pesa.
Te pido el último favor, esperá unos días, hablá
con mi viejo y decile cualquier cosa, que fui al interior,
que mi novia está embarazada, lo que se te ocurra,
depuse de un tiempo veré como me las arreglo para
decirles algo.
Bajamos al subte, Pepe y yo, no volvimos a hablar
hasta que salimos en la estación Congreso. Ahí Pepe me
dio un fajito de plata enrollado, como un macarrón
arrugado y sucio. Me trepé al colectivo, y lo salude
desde la ventanilla. Ambos supimos en ese momento, que
nunca nos volveríamos a ver.
Arriba del “60” y Congreso al Tigre, un triste
letargo en primera y segunda marcha, a veces tercera.
Arranca y se detiene cada doscientos metros, vendedores de
alfajores baratos conviviendo con esta maldita sensación
de ausencia, de soñar entre golpes de baches. Caminando
agarrado por el pasamanos de tu sonrisa. Bajando por la
delicia de tu cuerpo, bebiendo de tu miel de a ratos, y
tus quejidos quebrando la resistencia de mis oídos. Después
un bálsamo de nubes, aplacando un cielo de mil estrellas.
Ahí al frente el puerto del Tigre, un barco como
una hoja de diario perdida en el cordón de la vereda.
Subo a la lancha sin nadie a quien despedir. Tiro al agua
el último paquete de ilusiones y dejo atrás un adiós
forzado y tremendamente inútil.
Duermo de a ratos, teniendo como equipaje un atado
de mareos y vómitos, que alguien paciente mente se
encarga de limpiar.
Una, dos, seis, o cien horas, es exactamente lo
mismo, no hay tiempo, ahuecado entre la ventanilla y los
mareos. El puerto de Carmelo, ahí adelante como una foto
instantánea, sacada sin preparar, así de golpe en crudo.
Deambulo un rato, sin alma, por el pequeño
puerto. Un pañuelo gris y triste rodeado de agua espesa.
La noche se deja ver a través de mi cuerpo,
proyectando sombras fastidiosas en rededor. Si hasta en un
látigo de segundo, pude ver tu brazo de sombra enredado
en mi cuello,
hasta que tu grito de muerte en mi memoria lo espantó muy
lejos.
Caminé por la ruta a casi trescientos kilómetros
de Montevideo. Hace frío por dentro, solo un atisbo de
calor en un lamido de recuerdo, fascinado en el altar de
tu ombligo. Un bocinazo al rato, actuó de puente con la
realidad. El camión se detuvo algunos metros más
adelante.
- ¿Estas
borracho “botija”?. Dijo el chofer.
- ¡No,
estaba pensando! me anime a decir, a modo de excusa.
- ¡Tenés
suerte! Dijo él, el último que encontré pensando en
esta ruta, me manchó de sangre todo el paragolpe. ¡eso
si! Continuó, cuando pasó por abajo me dejó el
carter ¡bien limpito!
- Era
una joda, no te preocupes. ¿Adonde vas?
- A
Montevideo, dije con una media sonrisa,
- ¡Subí,
dale que te llevo!
La trompa de sapo redondeada del “Besford”
rezongaba cuando pasaba los ochenta por hora y el camino
ahí delante tapizado de un negro espanto. Animando a
acurrucarse en un costado y calentar las manos en algún
recuerdo. Al rato dibujé el mapa de tu boca contra mi
aliento en la ventanilla. Toco tu boca… dije para mí,
como si fuera el
“Oliveira” de “Rayuela”… y por un azar que no
busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe
por debajo de la que mi mano te dibuja… repetí ese
fragmento al menos tres veces, recostado ahora si, en tus
labios de fantasma.
Desperté contra un semáforo naranja, asomando
por el piso del cielo con un halito de furia, entrecortado
por un celeste lavado. Dejé que armara un rompecabezas en
mi cuerpo, a través de la ventana. Embadurnando o talvez
imaginando tu perfume entibiando mi mañana, mojándome
los pies en la costa de tu mar de espaldas. Admirando en
el horizonte un cielo de lunares y no este amanecer
oxidado, entre líneas blancas sobre un asfalto de piel
gris. Tal vez la barbarie se cuelgue algunos años más en
la Argentina, ¿será necesaria? ¿O tal vez toda esa
violencia contribuya solamente a beneficiar algunos pocos
en el norte? Todavía escucho tus gritos y ese gesto de encontrarme con tus ojos en
el último anuncio de vida y yo mucho más muerto que vos.
Temblando debajo de un auto miserable. No tuve tiempo de
preguntarme ¿Cómo sería despertar a tu lado? O jugar
escondidas con la sirena en la curva de tu cintura y
glorificar tu cuello en una ofrenda de besos mojados.
Después ser barrilete y volar en
tu sonrisa y extasiado anunciarme azul, desde la
luz de tu mirada.
Ignoro tu aliento de mañana reciente. El calor de
tu piel recién despierta o el suave aleteo de tus
cabellos contra la tarde de río y viento norte.
Lo único que no ignoro es esta desesperación de
amaneceres blancos, de no vislumbrar una salida en futuro
cercano. Desde que el motivo para seguir es solamente el
deseo de volver a encontrarte y esperar a que no seas
fantasma, manteniendo abierta esa grieta por donde escucho
tu sonrisa de mate amargo y bizcochos. Haciéndonos
viejos, lejos de este tiempo feroz. Sin embargo ahora
desabrocho esta sensación de estar cada vez más lejos tu
vida y mucho, pero mucho más cerca del anuncio de mi
muerte.
“Casi
siempre cuando el sueño se instala del lado de acá, y
mis manos empiezan a entibiarse sobre el timón de tu
cintura, persigo despiadado a la sirena hacia su norte
azul. Me veo al rato coronado entre las nubes de tu cielo
diosa. Después cundo te pierdo, me persigo, no como el
fantasma de un hombre sino como un “hombre fantasma”
encarcelado desde dentro del cristal de mis ojos”.
©
Alejandro Crimi.