Hace dos cuadras que estoy colgado en el estribo del colectivo
Hace dos cuadras que estoy colgado en el estribo del colectivo, por como
viene la cosa, tendré para un par de cuadras más. Se que
es la hora de tu llamada, y también que ya no la vas
a hacer. Aun
así tengo la mano preparada, como la tendría
“Bogart” en alguna película en blanco y negro, ahí,
cerca de la cintura, presta para el disparo certero.
Aprovecho al viento,
que de puro metido, va arrimando un par de lágrimas hacia
la frente y enseguida siento tus dedos enroscándose en mi
pelo y un canto de tu sonrisa que ya no se apiada de mi
memoria.
Voy subiendo sin ganas,
como si cada pierna ya fuera parte del escalón. Miro al
teléfono, implorando que suene, busco después tu última
llamada, solo para saber cuanto hace que no hablamos. Inútilmente
sigue ahí, aferrada a esa fecha que ya no se modificará.
Arriba, primera,
segunda, un bache, el colectivo frena, se abre la puerta,
una puteada, un codo en el estomago, otro bache, todos
hacia delante, un paso hacia al costado, dos pasos hacia
atrás, la bailanta del colectivo, una cartera injertándose
entre las costillas. Alguno que ha dejado caer algo que no
le pertenece y que va a enturbiar narices ajenas.
Silencios, miradas monocordes. Observo por momentos al
humo del escape allá afuera, que se esparce en el auto de
atrás y rabioso va en busca de un cielo que no le
pertenece. Adentro, aliento rancio, la miseria humana a
flor de piel, expuesta en una mañana cualquiera. Mi mano
apoyada en el teléfono otra vez, se que es inútil, pero
no puedo, no quiero controlarlo.
Triunvirato y Los
Incas, un chorro de gente que baja a los empujones. ¿Habrá
algún premio extra al que baja primero? ¿Tal vez el
viaje en subte, ocho o nueve horas parados? No todos
corren sin saber porqué. Yo me doy otra chance, el teléfono
como una extensión de mi alma, aturde de tanto silencio.
Sigo hasta la Chacarita, el colectivo también.
En la segunda fila hay
un asiento vacío. Canta canciones de sirena, invitándome
a sentar. Maldigo al rato la mala idea. Apretujado contra
la ventanilla y una señora mayor que acaba de sentarse a
mi lado, apoyando la mitad calculo, o tal vez un poco más
de su sentadera en una buena porción de mi cuerpo.
-
¡Disculpe jovencito, estos asientos son tan angostos!, ¡Mejores eran
los del “trole”
-
Pero vos sos muy joven ¿Qué vas a saber de “troles?”
-
¿decime nene vos no sos “el Raúl?” ¿El sobrino de doña Inés? ¡La
del mercadito de frutas!
-
No señora, usted se equivoca, no me llamo Raúl, alcance a decir por un
costado de la boca antes que ella volviera a hablar.
-
¡Ya me parecía, que te conocía de algún lado! ¿Cómo estás querido?
¡Tanto tiempo sin vernos! ¡Seguro que ya te olvidaste
como me llamabas! ¿Té acordás cuando te esperaba por
las tardes a la salida del colegio? ¡Te devorabas el
sanguche y la copa de leche! ¡Que lindo recuerdo!
-
Insisto señora, yo no me llamo Raúl.
-
¡Cuánto tiempo que no la veo a “la Inés”! ¿Todavía vive “el
Cacho?”¡Que mujeriego atorrante! ¿Y vos nene seguís
trabajando en Retiro?
-
Yo puse mi mejor cara de perro –que era como un insulto al pobre
animal-.
-
Le vuelvo a repetir señora, que usted se equivoca, no soy Raúl, no
tengo ninguna tía Inés, y tampoco sé quien es Cacho.
Ella me miró como si nunca hubiera dicho nada y
continuó:
Ahora que me acuerdo, nos vimos cuando se murió
“el finadito Quique” ¡qué en paz descanse!, Lo tengo
en la memoria como si fuera hoy. El velorio, el cajón,
todo acomodado, en el medio del mercadito. Había un olor
casi transparente, a manzanas frescas entre las calas y
las radichetas, ¡hermoso! Esas si que eran frutas, no
como las de ahora, que parecen hechas de plástico, ¡viste
nene!
La Inés, ya me había dicho, que vos eras
“calladito” pero...
¡bue...! ¡Igual que tu papá!
Ah cambiando de tema ¿vendió el camioncito?
Mi respuesta fue solo un amague al viento que se
estrelló en el asiento de adelante.
-
¡Hoy en día la calle es un peligro, ya no hay respeto por nada!
Chacarita, era ya un vago recuerdo, algunas
cuadras más atrás, yo ni siquiera intenté bajar,
aferrado a un nuevo nombre recién impuesto, y esta
velocidad de larva del colectivo. Ella igual siguió con
su relato.
-
El otro día sin ir más lejos, me contó “doña Beba”, la del almacén
de la esquina
de
mi casa, ¿té acordás? Esa, la que tiene la cara toda
quemada, la mujer del manquito ¿la ubicás?
-
Asentí solo para que terminara el relato de una buena vez. Como con un
paquete de palabras viejas con fecha vencida, que debían
salir urgente.
-
¿Que te estaba diciendo? ¡Ah! Si, bueno, le entró un tipo al negocio,
un muchachón así como vos, con cara de buenudo, y le
dijo que era un inspector de “Segba”, y en cuanto se
descuidó, le robó veinte pesos del mostrador una lata de
tomates perita. ¿A vos te parece Raúl?
-
¡Che pero al final “la Inés” tenía razón!, vos no hablás nada,
igualito a padre, ¡a propósito!, ¡Que pinta tenía! De
jovencito, todas las muchachas, “le arrastraban el
ala”, ¡como “empilchaba”!,
y ¡lo seriecito que era!, Así como vos. En cambio
tu Madre “que en paz descanse”, era más de entrecasa,
con ese batón amarillo, que no se lo sacaba por nada, ni
a bailar iba de piba, sin ir más lejos creo que aprendió
a bailar “el vals” una semana antes del “casorio”.
Él si que era “milonguero” de raza.
-
En fin decime Raulito, ¿falta mucho para Plaza Italia?
-
Un rato más, dije asumiendo de una buena vez mi nuevo bautismo, estamos
en Dorrego y Corrientes.
Para esta hora, seguro estás en tu clase, y
llamaría solo para escuchar tu voz en el contestador y
además decirte todo lo que quiero, lo que necesito
decirte, sin esperar a que cuelgues para decírtelo.
Al menos ella, en estos misteriosos minutos, se
quedó callada, casi como una bendición, plegó los ojos
y se durmió, al instante, un hilo de baba iba dejando un
surco, como un caracol errante, descendiendo hasta la
garganta, en medio de pliegues, como pequeñas dunas de
piel.
Entreabrió los ojos en Córdoba
y Dorrego, sonrió hasta parecer dulce, y los volvió
a cerrar con la gracia de un caimán.
Tarde para todo, entusiasmaba la idea e ir a
buscarte, sin mucho más por perder. Esperaría un rato en
la puerta del estudio, solo para
llenarme la retina con tu figura, sin importar que
la realidad fuera otra.
Niceto Vega y Bonpland, me levanté con ganas de
bajar rápido. La vieja, se despertó como una manga
larga, cuando empieza a hacer calor, toda arrugada hasta
el codo.
-
¿Ya llegamos? Nene.
-
No tiene para un rato todavía.
-
¿Entonces porque te bajas? ¿Qué tenés que hacer acá? Yo había pensado, que me acompañarías hasta la
estación e l tren. Seguro te bajás por que no me aguantás
más.
-
No es eso, necesito bajar, hay alguien que quiero ver a unas cuadras de
acá.
-
Si ta`bien, al final no me tenés que dar explicaciones, no soy nadie.
Tené paciencia, estos huesos viejos, me cuesta mucho
sostenerme, encima este colectivero parece que está
apurado, ¡mirá vos como nos lleva!, Después se quejan
cuando los denuncian.
-
Ahora que me acuerdo, ¿cómo anda “la Irma” de su reuma? Debe tener
los dedos, todos torcidos ¡pobre!, Seguro es de tanto
refregar. Ella siempre me contaba que lavaba la ropa
contra una piedra, allá en Europa, y eso seguro le arruinó
las manos. Como a doña “Pierina” ¿vos te acordás de
ella Raulito? ¡Que idiota como las vas a conocer! ¡Si
vos sos tan joven!
Todavía no había empezado a levantarse y ya había
pasado su mano dos veces por mi cabeza, y Bonpland ya era
un letargo, una idea lejana, algunos minutos más atrás.
Al rato dijo: ¡ya me olvidé lo que tenía que
hacer!
-
Nada, ya no importa, yo debía haber bajado hace cinco cuadras.
-
¡Ay! Nene disculpame, no me dí cuenta.
Enseguida y después de un hipo sordo, comenzó a
llorar. La vejez hijo, es el olvido de Dios. ¿Por qué no
me quedaré dormida, una última vez?
Hubo un largo silencio que se posó entre nosotros,
como el sol en la ventanilla del colectivo y en los
carteles allá afuera en la Plaza Italia. Algunas lagrimas,
se perdieron en la profundidad delas flores rojas,
estampadas en su vestido azul. Otras fueron capturadas,
por un bollo de pañuelo, que se espesaba, después de una
ráfaga de moco.
Aguanté un rato esta rara mezcla de emoción
y dolor que me recorría el pecho, como un peregrino en
procesión, y Las Heras allá afuera, empalagada de autos
y colectivos, todo tan denso como estos últimos minutos,
que al final, no parece tan insoportable, toda embadurnada
de esa mueca de dolor, casi absurda.
-
¡Decime Raulito! ¿Vos te casaste con aquella
chica de la Paternal? Dijo eso, con una naturalidad que
asombraba, sobretodo después de llorar tan sentida o tal
vez disimulando ese resabio de dolor que se le escapaba de
entre los labios.
Ahora, estoy, solo, es mas
nunca me casé. Enseguida comencé a darme cuenta del
error cometido, solo agregando un comentario que no tenía
sentido y allá vamos otra vez.
-
¡Ah! Hubiéramos empezado por ahí. ¡Por eso
sos tan callado! Estoy segura que a vos te falta una mujer
al lado.
-
No se crea, ¡estoy muy bien así!
-
¡Que vas a estar bien querido! ¡Tenés una cara!, ¿Comes poco nene?
Estoy segura que vos no te alimentas bien. Además no es
bueno que el hombre esté solo. Sin ir más lejos fijate
lo que le pasó al “don Aníbal”. ¿Sabes de quién
hablo no? El zapatero de la vuelta de mi casa ¿te acordás?
Hace como quince días parece que se fue a dormir, sin
cerrar la llave de paso del gas. Cómo a los dos días,
entraron a la casa los bomberos, porque había un olor
fuerte ¡viste! Yo ya sabía que estaba muerto, solo de
pasar por la vereda, porque la muerte tiene ese olor, que
te va entrando por el silencio en los oídos y después la
nariz te empieza a hacer un zumbido medio raro, y te deja
ese aroma, como cuando pasabas por la fabrica de jabón
allá en la General Paz y enseguida la cabeza se te va
preparando y empezas a contar a cuántas casas de la tuya
se quedó la muerte.
-
¿A que venía todo esto? Otra vez me olvide lo que estaba diciendo, ¡Dios
mío!
-
De Don Aníbal, dije yo, apiadándome de ese gesto que empezaba como a
degradarle la cara en una explosión de arrugas.
-
¡Ah bueno te decía! ¡Pobre viejo! ¡Que en paz descanse! Se quedó
dormido, y que querés, casi veinte años viviendo solo ¡viste!
Yo estoy segura, que con una mujer al lado, no le hubiera
pasado. Nosotras somos más cuidadosas, con todas esas
cosas ¡viste nene! Que le damos siempre dos vueltas de
llave a la puerta de calle, aunque sean las dos de la
tarde. Cuidado con los postigos del ventanal. Cerramos la
llave de paso el gas cada vez que dejamos de usar la
cocina...
Creo que ahí se vulneró mi capacidad de asombro.
Ella seguía hablando, o al menos eso parecía, aunque yo
solo escuchaba el rumor del frunce de la piel sobre sus
labios. Y esa mueca de Pierrot de mil carnavales, parecía
desproporcionada, con el caudal e sonidos que emitía su
boca.
Las Heras y Pueyrredón, la vieja se persignó con
ahínco, en la vieja facultad de Ingeniería, así y todo
alcanzó a mirarme de costado, y se le dibujó el reto en
el ceño, yo
ya me la veía venir.
-
¿Nene vos no sos Cristiano?
-
Bueno yo eh... tengo a Jesús
como mi maestro, pero Católico...
-
¿Entonces porque no te hiciste la cruz? Dijo sin esperar ninguna
explicación.
-
¡Porque esa no es un Iglesia! Dije yo, casi como una herejía para
ella.
-
¿Cómo? ¡No digas pavadas nene!
-
Es que no son pavadas, casualmente, esa es la Facultad de Ingeniería.
-
¡En serio nene! Y yo que hace más de treinta años que paso por acá y
meta hacerme la cruz, y hasta rezar algún rosario y nadie
me dijo nada.
-
¡Que papelón nene!
-
Encima te reté como si
fuera tu madre, “que en paz descanse”
-
¡Pero mirá vos que estúpida!
-
No viene al caso, no, pero perdoname que te insista, pero a vos te hace
falta una mujer al lado. ¿mirá como estás?
Si supiera que yo no tengo lugar para mirarme,
salvo en el reflejo en los ojos de ella, que es donde
mejor me veo. Si hasta me atreví a dejar marcada una
sonrisa, como con polvo de alas de polilla. Y ahora estoy
acá, embotado por este vacío. Nada me alcanza, dentro de
esta quietud, que a veces parece impenetrable. Intuyo
solamente recuerdos, que esta ahí del la do de acá, en
el final de mis dedos. Difundiéndose, como el límite de
tus labios, en la luz de tu boca.
A veces parece que lo único que me queda por
hacer es escribir mis memorias. Cuando siento en la piel,
esa sensación, como que todo está perdido. Y por extraño
que parezca la contradicción, lo único que me sostiene
de este lado del precipicio, es el recuerdo de tu piel
transpirada, sobre la mía, y haber probado el néctar en
la suave luciérnaga del encuentro de tus piernas.
Yo le aguantaba la mirada a la vieja, y ya no podía
escucharla, me entretenía mirando las lianas de baba, que
descendían desde el paladar hasta su lengua. Y ella seguía
hablando, vaya a
uno a saber que. Como si yo fuera, un gran tímpano con
ojos verdes.
La mañana que se pasa como una furia. Aunque la
vea toda enroscada como un trapo sucio y mojado en el
borde de la pileta.
-
¿Dónde estás Raulito?
El último sonido de la “o” larga, se arremangó
en mi mente, y desató la conciencia que me trajo de los
pelos, solo por estar ahí por accidente y saber que después
no va a haber otro lugar donde estar. Anunciándome
despiadada en cada recoveco de mi piel, que perdí otra
vez la oportunidad de vivirte.
-
¿Hey? Raulito, ¿dónde estás nene? ¡Me asustas!
-
Perdón no la estaba escuchando.
-
¿Qué te anda pasando querido?
-
Nada, solo juntaba algunas voces en mi cabeza
-
¿Cómo?
-
Nada no es nada, no me haga caso.
-
¿Cómo que no? me preocupás.
Afuera la calle se arrincona contra el final de la
ventanilla. Otra vez la sensación de asfixia. Sin dudar
te llamo por teléfono, y devoro cada una de las letras
del mensaje.
Corto y vuelvo a llamar y escuchando tu voz, se
aleja un poco la apnea. Habrá que esperar hasta que
apagues el teléfono, para volver a escucharte y tal vez
dormiré abrazado al perfume de tu voz, que retumba en mi
cuerpo y yo a propósito lo retengo, para aguantar un rato
largo el gusto de tu aliento.
Al final, las piezas van encastrando, en esto de
andar, ahí al borde de la vida. Tan serena, a merced de
mis manos, cuando te sueño. Y después ausente en esta
maldita vigilia, que te arranca de golpe y prepotente de
mis ojos. Y después, me deja exactamente, siempre en el
mismo lugar, sin ahuyentar a los lobos de mis días,
apenas siendo eco del aullido.
-
¡Huy nene mirá como llueve!
-
¡Cinco pesos tirados a la basura! ¡pero la Gran pu…!
-
Justo ayer fui a lo de “la Nelly”. Me hizo el color y la toca. ¿Te
gusta nene?
-
Asentí, pensando decididamente, que su pelo, con toca y todo, parecía
un paquete de zanahorias, con bolsa de nylon incluida.
-
Yo voy de la Nelly, ¡pobre!, para darle un poco de trabajo, ¿viste?
Desde que tuvo el ataque de la presión, perdió muchos
clientes. Y claro, el pulso ya no es el mismo, y encima le
quedó esa expresión en la cara, parece un cartel de la
ruta, después de un
viento fuerte, todo de costado. A mi me da no se
que, tiene el peine en la mano casi al mismo tiempo que
agarró el sonajero ¿viste?, no sabe hacer otra cosa ¡pobre!
-
¡Y todo por no saber donde poner el paraguas!, es que ya perdí como
tres.
-
¡Este tiempo está loco!, en invierno, hace calor, en verano te morís
de frío, uno no sabe que ponerse. Seguro, debe ser por
los experimentos que hicieron lo Norteamericanos en la
luna. ¡Andá a saber! ¿no Raulito?
-
Todo es posible con esa gente, uno nunca sabe.
-
¡Claro! Como si no le alcanzaran, las tierras que tienen en su país,
ellos quieren ser los dueños del mundo. ¡Lastima que
mataron al muchacho ese de la “barbita”. Ese si que
los iba a mantener en raya.
-
¿Qué muchacho? Pregunte.
-
¡El de la barba!, el medico, ¿lo ubicás Raulito?
-
¿Usted está hablando del Che?
-
Si , ese mismo, “que en paz descanse”
-
¡Pero eso fue hace más de treinta años!
-
¡En serio nene! No puede ser si yo…
Su memoria dejó clavada una estaca de silencio,
que quedó entre nosotros, ardiendo como una antorcha que
pide oxígeno desesperada
Los ojos se le llenaron de lágrimas, que parecían
recorrer, invariablemente la misma senda, desde todos los
tiempos, acanalando, una luz de piel, entre las arrugas.
-
¿Cómo pasa el tiempo? ¿Verdad Raulito?
La vida se me fue, entre la tabla de planchar y la
enfermedad de mi marido, ¡que Dios lo tenga en la Santa
Gloria!, y no se le ocurra devolvérmelo….
No mentira, que va…, al final, que Dios me
perdone pero para mí, fue un gran alivio cuando se murió.
No tuve que correr más, entre el Hospital y mi casa,
yendo y viniendo todos los días durante cinco años, ¡eso
no es vida! ¿No es cierto nene? Después
se enfermó mamá y otra vez a correr, de aquí
para allá, de nuevo solita. Y todo este disparate de
mundo que sigue adelante sin uno. Cuando te bajaste, ¡sonaste!,
después es muy difícil subir, y más para una vieja como
yo. Te lo digo por experiencia, Raulito.
Al final el tango tiene razón, “la vida es una
herida absurda”. Te lleva y te trae, de aquí para allá,
y siempre te gana aunque sea por puntos, y en fallo
dividido.
Juncal iba tomando aire, cerca de Cerrito, y el
Retiro se animaba a
aparecer, pintado de verde sobre la plaza San Martín.
La ayude a bajar, en medio del ocre rabioso del
cielo y algunas gotas que van acomodándose en la ropa.
-
¿Sabes Raulito?, a veces la vida es como una bolsa
de vómito, no sabés por
donde
agarrarla.
-
No es nada contra vos, pero…
- ¡No
la entiendo! ¿De que me habla?
Ya vas a entender, dijo, abriendo su cartera para
sacar un bollo de papel,
pacientemente desenrollo sobre mis manos. Confieso
que me costó entender la letra, y las
faltas de ortografía, pero se tornó enseguida más
claro cuando alcance a entender, ¡esto es un
asalto!
-
Volví a doblar en un prolijo bollo el papel, y le
dije:
Señora, le compro un sanguche y un café con leche,
y si no tiene para comer, la
invito al mediodía, pero…
No, vos no entendés Raulito, yo vivo de esto, de
la gente con corazón, como vos ¿viste?
No lo tomes como algo personal, esto es así ¡y
no hay tu tía! ¡Que vas a hacer! Bueno vamos a lo
nuestro, ves en la mitad de cuadra a tu izquierda, ese
tipo de polera roja es “el Adolfo”, el genio de la
familia, es el único que me terminó el séptimo grado.
Ahora si mirás un poco para el otro costado, ese animal
con pantalones largos, ese es “el Rubén”, mi hijo
mayor, pasó los últimos seis años en “Sierra Chica”,
no está muy a la moda, pero es un salvaje y no quedó del
todo bien, mirá como se mueve, mientras fuma. Igual, si
no te convence, esa que ves ahí enfrente, es mi hija
menor, una porquería de mujer, pero bueno, es mi sangre
¡que le voy a hacer!
Le dejé todo prolijamente en la cartera, ella
sonrió, y volvió a decirme, tocándose el corazón, ¡nada
personal Raulito!
Empecé a caminar, por la vieja estación hacia el
río. Tengo esa sensación entre las manos, de estar
perdiendo el partido de la vida, por goleada, jugando de
local y que al atrevido del árbitro, se le ocurra darme
tres minutos de descuento, que no sirven para nada.
Empiezo a masticar esa idea de ir dejando en medio de este
pedazo de agua rancia, lo único que me queda. Tu recuerdo.
©
Alejandro Crimi.