En el tercer piso del ministerio
En el tercer piso del Ministerio, a un costado de
la escalera, está su despacho, allí conserva esa
austeridad, como si estuviera en un claro de la sierra.
Hay un cuadro de Bolívar, una caja de habanos y un
escritorio virgen de heridas. Afuera, en el techo del
cielo, el mediodía pinta todo de blanco. Del lado de acá
él, su corazón que invita un camino ya recorrido y su
mente que tironea aferrándose a su tarea de ministro.
Achinados los ojos de tanto blanco y esa modorra que va
invitando un puro.
Se enamoran las hebras del
humo, trenzadas en abrazos eternos. El tose un poco y se
esparcen como nubes de crías de ovejas. Todavía fresco
en la memoria, la visita a la fábrica de bicicletas y
haber tenido que dar el ejemplo con “Aleidita” sin
privilegios y sus lágrimas de niña derramadas en un sueño
bermellón.
Enseguida apareció el
asma, casi un guerrillero más agazapado, listo para
entrar en acción en cualquier momento y lugar. El aire en
el pecho se le enrosca en tendones de tela de arañas y
raspa que te deja el “fueye” lleno de grillos cantores.
La fatiga lo atoró contra un sillón, se sintió extraño.
Las manos limpias, sudadas a veces de contestar las cartas
al pueblo de puro agradecido, la cara entre las manos,
cerca de las rodillas, pudo ver su reflejo brillando en el
cuero de sus botas.
La resaca del mediodía
llenaba hasta los colores de silencio y aturdía los
confines del sueño, la tierra olía a lluvia reciente. El
sintió el malezal rasgando el uniforme, la sierra detuvo
su ardor al saludarlo. Más allá en la cima envueltos en
un contraluz de pardos y ocres se alargaban las figuras de
dos hombres. Él se arrimó de a poco, uno de ellos es de
una negrura de extraña transparencia, dejando ver desde
su interior como sus pulmones envían una fina hebra de
aire que va dejando huella hasta desaparecer entre los
dientes y la caña para transmutarse en una catarata de
bemoles y sostenidos a través de un saxo celestial. Fin
del aire, atrás una risa sonora, brotada desde el
estomago. Un fósforo aturde de luz entre dos manos que se
ahuecan conteniéndola para que no se espante el
cigarrillo, olor a tabaco francés en medio del papel que
arde de luciérnagas efervescentes en un extremo y del
otro una fila de dientes con una blancura
aturdida como de alpaca “viejo Pierrot”. Al
lado otro hombre que sonríe sereno, la barba arrinconada
entre diques de piel blanca. Lentes atenuando una mirada
de verdades frescas, un cigarrillo entre los dedos, tan cómodo
que hasta parece relucir apostrofado en su extremo el
lejano nácar de las uñas. Una voz azul con las
“erres” inquietas en el techo del paladar para decir:
“yo tuve un hermano, que a pesar del otro tiempo no nos
vimos, presté mis ratos de tiempo para él, y después
nunca los recuperé. Se que no me redimo ni con estas
palabras escritas en flores de papel, vos en la selva,
despierto mientras yo dormía. Ahora en tu sueño me
reconozco en tu figura, hermano en tu lucha, asomando mis
palabras que anidan en balas hechas de tinta. ¡Pero dejá
vení que te hago amigo de otro como vos, este es “Jhonny
Carter”. Tiene el destino atado al cordón de sus
zapatos, a veces camina adelante y otras se los pisa como
un chico y en vos se acuna tanto de eso, aquello que a
veces sentís atrás como un lobo y otras se duerme
acurrucado en tu boina, eso es tu destino. Los tres se
miraron sin hablar, con la sinceridad de un canto murguero
a garganta pelada. Hasta que la caña empieza a vibrar
otra vez, polinizada de partículas de aire transmutadas
en un acorde, ascendiendo desde el vacío del metal que se
entibia de aliento. Hombre y saxo desesperadamente vivo y
uno. Enseguida otro ramo de notas agigantándose entre los
rumores sordos de trenes que se alejan y la sierra se
diluye en un túnel con lunares de luces distantes. Atrás
una estación, se presume el metro en Paris y la velocidad
arrinconándolo todo contra el borde de la ventana,
amarronando el paisaje en su paso veloz. Jhonny respira, ríe
y habla casi todo al mismo tiempo, un sobre blanco emerge
desde el fondo del saxo. Amnistía de palabras,
enfrentados los tres cada cual persiguiendo sus
persecuciones.
Después otra vez el
mediodía silenciándolo todo, y el tiempo ahí
atornillado al reloj que solo parece muerto. El habano
reposa ahora guerrero en cenicero marrón contrastando
amigablemente el gris de su muerte reciente y la hoja de
tabaco aún viva respirando entre ardores. Líneas
sinuosas de humo blanco enredándose entre sí, sumergiéndose
en ellas mismas, hasta inmolar su vitalidad contra el
cielo raso
Buenos
Aires dijo che rompiendo el silencio, Montevideo, La Paz,
Lima... ¡que sola estas América!. Se entretuvo un rato más
con el cigarro entre sus manos limpias, el uniforme tan
ausente y dijo “¿por qué no esta vez? Se que es hora
de volver a ser revolución, que la piel arde por la
inacción y la mano viene dura. El tiempo que parece ser
de ellos pasa debajo de mi pies y reclama mis manos que
descansan en los bolsillos o sostienen lapiceras, y desde
el sur comienzo a oír el grito asfixiado de libertad
perdida, pisoteada por las botas impunemente propias”.
La
mente se escapa por los ojos, encapotando miles de kilómetros
de América, entusiasmando la revolución con ideas, con
el heroísmo por bandera y la idealización justificada en
Latinoamérica de rodillas, hasta que todo se estremece
con el recuerdo de la voz de “Raúl” condenándolo de
“Trotskista”, la furia y el asma enturbiando todo.
Justamente a el, que había estado refregándose en la
baba del diablo en su propia casa de Nueva York y
enseguida se lleno los pies de tierra negra hermanándose
con el África sangrante, volviendo a Cuba con el sueño
de Lumumba fresco en los dedos. Fidel “amigo” desde el
otro lado, el hospital, la larga semana y otra vez el asma
silenciando todo, un almanaque estaqueado en la pared
dormido en octubre cuando marzo se anunciaba. Encima la
tarde se lava los pies en la lluvia saltando rabiosa entre
los charcos y con tanta agua la nostalgia se le prendió
de la boina y el arrabal amago un par de recuerdos
atragantados que se instalaban sin permiso. Aguanto los
ojos que empezaban a brillar ahogados por la emoción y se
encamino resuelto a estampar su figura en un pedazo de
bandera nueva, calle
o plaza de América.
En otro escritorio
Fidel y la revolución cuidada como un cuaderno nuevo,
tratando de no doblar las hojas. En la ventana un coro de
gotas se esmera en la percusión, lo vio venir, tenia
instalado en la cara un candombe de esos que juntan
verdades para cantarlas todas en el estribillo. Se
abrazaron al entrar como de costumbre, conservando esa
frescura de encontrarse vivos otra vez, como en la sierra
o compartiendo una sonrisa imborrable entrando con la
gloria pegada al uniforme aquella mañana en La Habana. Al
rato del saludo al “Che” se le fue la cara tras un
velo amargo, casi como el humo buscando torrentoso la
salida y comenzó hablando así: “Se que no pensaste en
que yo pudiera estar al frente allá en el Congo, que mi
función de Ministro podría impedirme ser soldado, cuando
conservo aun fresca esa tierra entre mis manos y no quiero
en estos momentos que estamos firmes en la revolución ser
discordia ni el gobierno, ni en tu familia. Pero ahora mas
que nunca siento que dejo mis días útiles detrás de un
escritorio, aunque lo hago con gusto y me honra, pero me
pesa el deseo que fue madurando en el asiento de la moto y
se cuelga de todas mis ideas y no me permite pensar, que
ya parece ser tiempo de actuar y derramar libertad, que la
revolución adopte de a una a la gente oprimida que hoy se
empobrece de ideas y solo surge barbarie como una hiena
instalándose en cada mesa de algún pueblito de Latinoamérica
y en África duerme en el viento aun las palabras de
Lumumba. Por eso me permito pedirte como hermano que
pienses en mí, para intentarlo”. Fidel estaba como
perdido detrás de la lluvia y el humo del habano,
“Che” lo observo asombrado, como que su rostro había
dejado de ser el mismo, cubierto ahora por una fina capa
de cera, depuse pensó que tal vez el humo lo hiciera ver
así. Pero enseguida Fidel hablo con otra voz y ya nada
sonaría igual y dijo: “Hermano tu sabes que en mi corazón
anida el mismo pájaro de revolución y que los gringos...
Fidel levanto el teléfono que aullaba, Che reconoció la
voz de Raúl desde el otro lado y casi se pierde en un
pensamiento que no merece y otra vez Fidel hablando entre
las sombras de lo que fue su voz.
Los
gringos y sus dólares se esparcen como una nueva
primavera y exportan miseria y opresión y estoy
convencido que no es el mejor momento...
“Detrás
de un escritorio, interrumpió Che, nunca va a ser el
momento y solo con la acción de firmar documentos todo se
ablanda, hasta el corazón se humedece y con lo que me
cuesta otro atardecer tan limpio”.
Fidel ahora tenia en
su rostro dibujado la mirada de un padre que sabe
que su hijo esta crecido y no podrá retenerlo
mucho mas. Se abrazaron palmeándose la espalda como era
costumbre y se despidieron. En toda esa semana el Che
renovó cayos en su manos a machete alzado contra la caña
de azúcar, las botas inundadas en el arrozal y en la
mente una pegada una melodía de saxo azul que lo llevaba
de la sierra al metro sin escalas. Al fin una noche
Fidel lo llamó, afuera el caribe apretaba y mostraba los
dientes en cuarenta grados, Che se arrimó lento, mientras
la luna lo llenaba de blanco, lamiéndolo en cada paso
como una fiera a su cría. En el camino pensó en Bolívar
y si tal vez la gente de América estuviera adormecida de
de hastío de tanto gobierno militar y entonces la entrega
no fuera… Infló el pecho, casi un sonajero golpeó la
puerta y entró.
Fidel y su mirada
posada en un témpano, pensando que solo el Che podría
ser capaz de armarle una murga sonora, a los
norteamericanos, en su patio de atrás, allá abajo en el
sur y en una ráfaga de pensamiento compartió el heroísmo,
que enseguida se desvaneció y comenzó a enumerarle de a
una las razones para negarse a ir por la América,
mientras Che parecía viajar entre la nube de humo,
desapareciendo atrás de la risa de Jhonny que volvió mas
estomacal que nunca, con esa fábula de las urnas, y de
golpe miraba fijo a Fidel y solo podía ver el movimiento
de los labios, hasta que el asma se encargó de traerlo de
vuelta, entre sacudones, escuchando por ultimo la palabra
Congo, solo para apoyar la guerrilla, sin combatir,
continuó. Che arqueó los ojos asombrado a pesar de la
tos que galopaba, jinete pertinaz sobre su espalda.
“Tal
vez lo primero deba ser Congo repitió Fidel, aquí todavía
debemos consolidarnos, y para el sur estamos verdes, en África
además son los mismos gringos y la tierra es rica y
tentadora…” Che fue nutriendo la idea y asimilando la
condición humana, que se revela en las aristas de la
miseria y para no pensar tan mal del amigo, aguantó la
bronca y se arremangó para sembrar revolución otra vez.
Los últimos diez días
lo ha pasado lejos de los suyos, con tanto de preparar la
partida, en casa todos descansan y él amaga un adiós y
después estampa esta frase en la pared de la cocina “Mañana
cuando muera, no me vengan a llorar, que no estaré bajo
tierra, soy viento de libertad”. Apuró el paso al
salir, antes que una lagrima asomara y después lo pensó
y que importa llorar frente a los hijos y volvió para
besarlos en la frente y partió feliz con el ánimo
renovado.
Un avión, otro, Moscú. Pablo
y Santiago no consiguen reconocerlo, aun a pesar de haber
estado juntos metro a metro en la sierra, nadie en la isla
conoce su paradero y mucho menos en su despacho vacío,
que nunca volverá a
contenerlo.
Borbotones de tierra
negra entre masas compactas de selva verde, debajo de sus
pies el suelo arde y el aire pesa insoportablemente.
Instalados en el campamento de la guerrilla en Congo, se
encuentran con la primer piedra en su camino, los
combatientes cubanos no deben entrar en acción, solo
instruir y apoyar la guerrilla local. Che entre la inacción
y el desconsuelo, otra vez lo sobrevuela el fantasma de la
mente humana que no concibe la grandeza en otro. Enseña
Francés y Matemáticas y los guerrilleros congoleños
impredecibles y el desanimo acumula metros de piel.
Una mañana en medio
de una refriega en la selva, aguanta un sabor extraño en
la boca, la piel arde que parece derretirse, la fiebre se
instala. Los ojos abiertos o tal vez el resto de su cara
demasiado cerrada con esa mirada que obliga, se sostiene
de pie contra un árbol. Jhonny ríe después de algunas
notas en el saxo, otra vez con el asunto de las urnas, y
un sobre blanco en la mano. Frente a ellos en otro asiento
del metro, Bolívar y el sable, junto a Cristo y la
palabra, opresión, martirio, libertad y la velocidad
esfumando el paisaje, sable y palabra, ¿será la misma
revolución? Tal vez. Jhonny rió desnudo en su asiento y
volvió a tocar, todo fue casi irrespetuosamente azul. Al
rato la fiebre se fue sola, por el mismo camino que el
asma, sin llevarse nada. Pablo lo observa, Che tiene
clavada esa mirada allá lejos, y él que estuvo a su lado
en la sierra, la
reconoce. De regreso al campamento, mientras la tarde dormía
en brazos de la noche nueva, Che lucía sombrío
ajusticiado por un par de látigos de luna acomodándose
en su boina. Santiago fue a su encuentro, lo abrazó y le
entrego un sobre que parecía más blanco ahora entre sus
manos de selva. Él lo doblo sin abrirlo y lo guardó
junto a su corazón, viajó veloz el recuerdo de su madre
en un par de lágrimas astutas, santiago le acercó un té,
ellos se apartaron un rato, enseguida Che le convidó un
viaje de ida por sus recuerdos. Parque Independencia lleno
de hojas crujientes en algún otoño, escaparse al rió en
medio de una siesta de los mayores, la camiseta de Central,
la mudanza, Río Cuarto y otra vez el asma como compañera
inseparable, el rostro de su madre entre algunas lágrimas
combativas y la resistencia como bandera de esa mujer.
Che no estaba abatido,
tenía bronca, esa luz en los ojos y los congoleños tan
pobres de espíritu, entregando las armas por monedas o
alcohol y poca acción. La última noche, él los llevó
indemnes hasta el objetivo. En la refriega entre huidas y
disparos en vano Che no soportó tan poca entrega por su
propia tierra, arrió la selva en su cuerpo entre las
palabras frescas de Lumumba y ese otro extremo de pobreza
de condición humana, aguantó solo la posición, mientras
las balas enemigas buscaban ávidas su pecho y tras las
suyas el eco de la risa de Jhonny, riendo, tocando el saxo
como nunca, persiguiendo su persecución, el sobre vacío
sobre una camilla improvisada, manchado de su sangre por
manos hermanas y él con los ojos tan abiertos, como
mirando el camino por donde entrarle a la vida, el ruido
el cargador vacío y las manos de Pablo que lo traen de
vuelta. Che de regreso por ese fino sendero en la selva,
entero y juntando verdades para decirlas todas juntas a
quien corresponda en la primera oportunidad, hastiado y
solo con la firme convicción que América adormecida y
desnuda de
anhelos lo necesita más que nunca, removió cenizas de
libertad en su corazón, avivando el fuego de su revolución
con la palabra y el fusil prendido de un sueño grande,
grandísimo.
©
Alejandro Crimi.